1939, reboot

El 23 de Agosto de 1939, en instalaciones soviéticas de Moscú, el ministro de exteriores nazi Joachim von Ribbentrop, y el ministro de asuntos exteriores comunista Viacheslav Mólotov, firmaban, bajo la atenta mirada de Iósif Stalin, el Tratado de no Agresión entre Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, pacto por el cual, oficialmente, el Reich nazi y la URSS evitarían enfrentarse, pero que, a su vez, incluía clausulas secretas mediante las cuales prácticamente se repartían Europa.

Una consecuencia directa de ese pacto fue la invasión del oeste de Polonia por parte de Alemania, ante lo cual la URSS no sólo lo rechazó, sino que realizó su propia invasión al este del país. A su vez, Alemania calló ante los ataques y posterior ocupación de territorios por parte de la URSS a Finlandia, Estonia, Lituania y Letonia. Otro de los resultados de esta negociación fue la paralización de la propaganda antifascista de los partidos comunistas de toda Europa y su postura frontal, desde ese momento, a las “fuerzas burguesas capitalistas” de Reino Unido y Francia. En el país galo, por ejemplo, los comunistas franceses rehusaron de unirse al ejército de su país para luchar contra el Tercer Reich.

Si bien es cierto que la acción de la URSS fue determinante en la derrota del ejercito de Hitler y la capitulación de la Alemania nazi, no podemos olvidar que la posición de Stalin, desde este pacto, ante el fascismo alemán, sólo se volvió beligerante tras la decisión del Reich de poner en marcha la Operación Barbarroja e intentar conquistar los territorios rusos en la segunda mitad de 1941. Hasta entonces, el pacto Ribbetrop-Molotov permaneció intocable.

Pese a todos estos hechos, los autoproclamados comunistas siempre se han elevado a la categoría de únicos y verdaderos antifascistas, y no deja de ser chocante. A día de hoy, cuando los efectos de la crisis han provocado que el discurso populista de nuevos partidos filofascistas y filocomunistas cale en la sociedad y estos crezcan en apoyos y representación, los nuevos comunistas no han tardado en recuperar la esencia de Ribbentrop-Molotov y volver a elegir las tesis fascistas como mal menor ante el capitalismo que ahora representan las democracias liberales.

Lo vimos el otro día con el debate sobre la gestación subrogada, en el que las posiciones del mal llamado feminismo (siendo en realidad una rama más del marxismo) se equiparaban preocupantemente a las de la rama más conservadora del Partido Popular y a las del partido que quiere ser el Frente Nacional español, es decir, VOX.

Hoy se vota la ratificación del CETA en el Congreso de los Diputados, y la actitud de Podemos y el nuevo PSOE de Pedro Sánchez no es diferente de lo esperado. Con el voto en contra, unos, y la abstención, los otros, se alinean contra el libre comercio con una de las mayores detractoras del tratado entre la UE y Canadá, la líder de extrema derecha francesa Marine Le Pen. Y no es de extrañar, ya que vimos como el aclamado por Iglesias y los suyos, Mélenchon, no sólo compartía gran parte del programa económico con ella, sino que tras la primera vuelta asumió una vergonzosa posición de equidistancia entre En Marche y el Frente Nacional, evitando pedir el voto para Macron como freno a las políticas radicales nacionalistas.

En conclusión, el supuesto antifascismo (español e internacional) tiene bastante más que ver con el fascismo que con el enemigo común que ambos tienen, las democracias liberales. Los Macron, Trudeau… etc. tienen la responsabilidad de mejorar la situación general para que estos nuevos exaltados vuelvan a lo que hasta ahora eran: pequeños rescoldos del pasado, representados por fuerzas totalmente minoritarias. Vamos, los de mucho ruido pero pocas nueces que diría Shakespeare.

Foto: cylonfingers

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