Año nuevo, ¿vida nueva?

Son ya diecinueve los días que acumula el nuevo año. Diecinueve días de este 2018, donde lo más especial que ha ocurrido, ha sido que ha llovido y nevado más que en el último mes y medio. Pocas energías quedan ya a nuestros propósitos de año nuevo, si es que los teníamos.

Sin embargo, el panorama actual parece una vaga continuación del velado y enterrado año pasado. Lejos quedan ya aquellos 2015 y 2016 donde asistíamos a un cambio histórico, cambio que se convirtió en un despilfarro de dinero público en forma de urnas. Bendita democracia. Tantos hechos históricos dejaron un calendario emborronado como los apuntes de aquel histérico estudiante que cree que todo es importante y todo entra en el examen. Y es que se podría decir que en España nos gusta aquello que dicen de mucho ruido y pocas nueces. Como nuestros propósitos de año nuevo, los propósitos de nuestros políticos, tanto de los viejos por la costumbre, como nuevos por el aburguesamiento que ofrece el sillón, han quedado en el olvido.

Cualquiera diría que todo esto es nuevo, que la situación es compleja, que hay factores distintos que no permiten llevar a cabo esta o aquella cosa. Sin embargo, ocurre que, en este país que algún día fue el imperio donde nunca se ponía el sol, formado tras aquella Reconquista y posterior unión de los reinos de Castilla y Aragón, algo cambió, que provoco que nos acomodásemos y entrásemos en un período de decadencia cuyo reinado se extiende hasta nuestros días.

Desde lejos viene la corrupción en España. Aquello que nace de lo que llamamos picaresca. Las ganas de llenarse los bolsillos a costa del resto y no por méritos ni trabajo. Ejemplo de ello es, que era más fácil sangrar las arcas públicas de un pueblo inculto, que subirse al carro de la Revolución Industrial. Sonado fue aquello del Oro de Moscú, del que un ministro republicano se agenció unas migajas y lo guardó bastante bien en una cuenta en Francia, lo que le permitió pasar poca hambre o ninguna mientras otros, miserables muertos de hambre, luchaban por ideales en una nación que llevaba siglos fragmentada. De esta picardía no se libró ni aquel que quedó tullido en la batalla de Lepanto, y a quien solo le bastaba el movimiento de una de sus manos para llevárselo crudo. De igual de lejos viene ese enfrentamiento enfermizo, endémico como en ningún otro sitio, que nos hace vernos como enemigos y que alguna que otra vez ha provocado que la sangre sí llegase al río. Y mientras todo esto pasaba, los más dispuesto se hacían hueco ocupando y conservando sus cuotas de poder.No se queda atrás la ignorancia, convertida en algo permanente, salvo pequeñas luces que iluminaron nuestra historia.

Todo lo que ocurre en España, señores, no es nuevo. Lleva ocurriendo desde hace siglos, como en una triste representación que se repite, mientras el necio espectador espera ver algo distinto. Bien nos describía Blas de Otero cuando rezaba aquello de:

“Paloma buscando cielos más estrellados
donde entendernos sin destrozarnos
donde sentarnos y conversar.”

Por esto, mi propósito de año nuevo es, además de escribir los artículos más extensos, indagar aún más en la historia de España. Aprender de nuestros errores para no volver a cometerlos. De lo contrario, estaremos condenados a vivir en el día de la marmota.

Foto: Nick Kenrick

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.