Aún recuerdo aquel extraño suceso…

Miedo

Revisando algunas cosas, he encontrado una carta -email- que le mandé a un amigo hace algo más de un año. Era verano, y me pasó algo desconcertante:

Buenos días, amigo. Hoy me dispongo a contarte una curiosa historia. Y no es una historia cualquiera…


Todo empezó ayer por la noche. Después de un GP anormalmente largo, y de una cena ligera pero rica en proteínas, noté que tenía algo de calor. Era normal, pues las temperaturas aumentan en toda la península, no obstante, después de estar todo el día con una sudadera de manga larga se me hizo raro que fuese justo al final del día cuando me entrase calor… ¿El sentido arácnido? No lo sé.

Poco después de media noche me puse el pijama para ir a dormir y descansar debidamente para que hoy, último día antes de un examen, me sintiera descansado y dispuesto.

Pero, pese a estar cansado y tener sueño, tras un par de minutos de reposo en mi camastro, volvía a levantarme. No podía dormir, algo me hacía mantener los ojos abiertos, así que fui a por la PSP y disfruté de mi equipo en la liga Master. Dos partidos en los que los jugadores por fin respondieron a las expectativas de la afición.

Era la 1 de la madrugada. Iba siendo hora de apagar el Pro y descansar. Pero justo al cerrar los ojos, de nuevo el calor se apoderó de mi cuerpo impidiéndome caer en los brazos de Morfeo, hijo de Hipnos, para gozar del placer del sueño.

Intenté librarme de mi tormento,
o sea, el calor, con un pequeño movimiento,
empujando la manta
que me abrigaba sin rechistar
a un lado,

sin miramientos.

Mas no conseguí nada,
¡extraño baile en mi cama!,
salvo, simplemente, avivar mi sufrimiento.

Aposté por quitarme el pijama
y tal vez así, dormir más fresco.
Pero nada, nada me avisaba…
¡Oh, extraño y perturbador suceso!

Amigo mío,
ya te cuento:

Finalmente conseguí dormir. El despertador estaba programado a las 8.30 de la mañana. Pero algo me hizo despertar antes, mucho antes:

Pasos.

NOTA: Vivo al final de un largo pasillo, siendo mi puerta la antepenùltima, por tanto, pocas son las veces que escucho a alguien caminar màs allá de mis dominios.

Como decía, pasos. No era raro, más bien molesto. Se podía tratar de cualquiera de los desconocidos inquilinos que venía de fiesta… ¿en domingo? Pero no fueron los pasos los que realmente me despertaron, sino el sonido de un timbre no muy cercano.

Así pues me despertó un timbrazo. Por la lejanía del sonido pude situarlo a unas 3 habitaciones de la mía.
Una vez que el eco de ese desagradable sonido hubo desaparecido, escuché, una vez más, pasos. Y otra vez, un timbre. Ya estaba despierto completamente, encendí la luz de mi reloj Casio y pude ver que eran algo más de las 2.30 de la madrugada.

Totalmente espabilado por los dos timbrazos, me resigné a oir en pocos segundos el abrir y cerrar de puertas y la típica conversación de alguien que viene de fiesta a tan altas horas de la noche. Pero no fue eso lo que pasó. Ninguna puerta se abrió… Y de nuevo, pasos.

Ahora, completamente despierto, y algo extrañado, percibí que esos pasos cada vez sonaban más cerca. Calzaba zapatos, de eso no hay duda. ¿Hombre, mujer? No lo sé, pero su ritmo al caminar no era el de alguien cansado, borracho o drogado.

¡Ding Dong! Otra vez el timbre, pero sonó más fuerte. Esta vez era en la habitación de al lado, donde vive un casi desconocido forocochero. Las paredes, de pladur, me permitieron percibir cierto desasosiego en el muchacho, que se movió en la cama, pero no abrió la puerta.

Mi corazón se aceleraba, alguien caminaba por el pasillo llamando puerta a puerta, no entendía nada, y entonces… Pasos.

Ahora escuchaba pasos a 320kbps, los podía sentir más y más cerca. El sonido desapareció sin previo aviso. De nuevo reinaban el silencio y la oscuridad de mi habitación.

¡DING DONG!

No he conocido mayor vuelco en mi corazón. ¡Ahora llamaban a mi puerta! Paralizado y tembloroso, tumbado boca arriba, giré la cabeza, miré a la puerta, y vi algo. Entraba un poco de luz, la del pasillo, que alguien había encendido… y se podía ver también una sombra. Alguien esperaba a que yo, a diferencia de los demás, abriese al desconocido.

Evidentemente contuve la respiración y esperé sin hacer nada.

La poca luz que entraba bajo mi puerta desapareció en ese instante… Y los pasos se alejaron.

Pero mi corazón seguía latiendo con una violencia inusitada, y mientras, mi cabeza intentaba buscar explicación lógica a lo que estaba pasando: “¿será algún borracho? ¡Imposible, sus pasos son fuertes y decididos! ¿La novia de mi vecino –el forocochero- tal vez? No sería la primera vez… ¡Insensato, cómo va a ser! ¿Acaso llamaría a tantas puertas? ¿No se habría levantado el novio a abrir a su querida?” Estas conversaciones estaba yo manteniendo conmigo mismo cuando, como en un “fade to White” sin previo aviso, un nuevo y casi imperceptible haz de luz penetró bajo mi puerta. ¡La luz del pasillo estaba de nuevo encendida!

Y pasos…

Otra vez alguien se acercaba por el pasillo. Y otra vez… un timbre, y un eco interminable. Después, silencio. Silencio ensordecedor. Yo, que no había movido un dedo por no hacer ruido, ahora empezaba a sentir la necesidad de huir de la falsa sensación de protección de las sábanas, ponerme en pie, coger un cuchillo y acercarme a la puerta, pues de nuevo los pasos se acercaban y no quería estar desprevenido, pero no quería hacer ningún ruido, y el sólo roce de las sábanas resultaba atronador.

Mientras, podía escuchar el movimiento en la cama de mi vecino. Sabía que él también tenía miedo, pues estaba ahí, y no se levantó cuando tocaron a su timbre por primera vez.

Pero los pasos seguían, y como una secuencia perfecta, se detenían, sonaba el timbre, y de nuevo pasos. Pasos, pasos, pasos. Alguien volvía a llamar a los timbres. Estaba sonando de nuevo el de mi vecino.

Otra vez los pasos estaban a punto de llegar a mi puerta. Otra vez mi corazón acelerado… Pero esta vez el desconocido no se paró en mi puerta. Lo hizo en la última, donde antes no había llegado. Y de nuevo… un timbre y silencio.

En esos momentos estaba acojonado. ¿Por qué no tendré una pistola a mano? –pensaba-. Una vez más, se apagó la luz y el desconocido se alejó del pasillo.

¿Había pasado todo?

No.

Los pasos se alejaron del pasillo. Pero el tiempo en que se tarda en bajar de mi planta hasta el portal de mi edificio es el que pasó cuando empecé a escuchar, esta vez por la ventana, otra cosa: Silbidos que venían del portal.

…“Fuiiiii fuuuuuuuu”
“Fuiiiiiiiiii fuuuuuuuuuuuuu”…

…“Fuiiiii fuuuuuuuu”
“Fuiiiiiiiiii fuuuuuuuuuuuuu”…

¡Me cago en la puta!, pensé. Esto ya no era normal, y ese silbido de sicópata fue la gota que colmó el vaso. Decidí levantarme. ¿Objetivo? El cuchillo.

Seguía sin querer hacer ruido, pero a mí esto me sonaba ya a loco suelto. Me levanté intentando que mis movimientos fueran sigilosos. Mis manos temblaban… ¡mi cuerpo temblaba! Cualquier cosa hacía ruido. Andar con zapatillas de casa sonaba, andar descalzo hacía ruido. Encontré una solución, algo que me valdrá para siempre: Si quieres caminar en silencio, ponte unos calcetines. Aportan gran sigilo.

Cuidadosamente abrí el lugar donde guardo los utensilios de cocina y, respirando hondo para calmar mis nervios, cogí un cuchillo largo y afilado.

A lo lejos, se escuchaban ruidos en el edificio. Quien quiera que fuese, seguía merodeando. Ensayé alguna puñalada en silencio, estudié cual era la mejor manera de agarrar un cuchillo reconvertido en arma… Y de nuevo… ¡pasos!

En calzoncillos y en la más absoluta oscuridad me dirigí a la puerta de mi habitación, y me aposté contra el muro para estar preparado para lo que pudiera pasar.

La canción se repetía: un haz de luz al encenderse las luces del pasillo, pasos, y el primer timbre del pasillo. Escuché movimientos por parte de mi vecino, no tan cuidadoso como yo a la hora de ser sigiloso. Seguía apostado a la pared, cuando, a dos habitaciones de mi puerta…

¡DING DONG! ¡DING DONG! ¡DING DONG! ¡DING DONG!!!!

¡El timbre de alguien estaba siendo apretado una y otra vez! Respiré hondo, apreté el puño con el que cogía mi cuchillo y esperé acontecimientos.

Pero se apagó la luz del pasillo, y los pasos se desvanecieron… A los pocos minutos escuché otro timbre, esta vez más abajo, en el segundo piso creo. Yo seguía apostado en la pared tratando de entender qué coño estaba pasando.

Poco a poco, pese a que algunos ruidos aún se podían escuchar por el edificio, me senté en la cama. Eran las 3.30 de la mañana.

Luego puse el cuchillo bajo la almohada, y traté de dormir. Y dormí.

¿Qué pasará esta noche? No lo sé.

Aquí puedes ver una foto mía de ayer:

Shhh!

Foto mía de aquel día.

Hace ya mucho tiempo de aquel suceso… pero es, sin duda, lo más raro que me ha pasado nunca.

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