Brussels Diaries 1: la mano del gigante

Silvio Bravo lanzando la mano del gigante, en la Grote Markt de Amberes.

En la primera de las jornadas que pude pasar visitando las instituciones europeas con nuestros compañeros de la asociación de ThinkAct Club, pasamos la mañana y parte de la tarde en Amberes. Allí, además de encontrarnos con gente muy interesante, realizando con ellos varias actividades relacionadas con nuestra experiencia en el mercado laboral, pudimos hacer un pequeño tour guiado por la ciudad. Durante el recorrido, parados en frente de la estatua principal de la Grote Markt, nos contaron una leyenda de la ciudad que encontré especialmente interesante.

Según el mito, hace mucho tiempo, la ciudad de Amberes estaba dominada por un gigante, Druon Antigoon. Este, como amo y señor de la zona, cobraba un peaje a todo aquel que quería entrar en la ciudad, cortando la mano de todo marinero que osara desafiarle, lanzándola después al río Escalda.

Un día, un capitán del ejército romano, llamado Silvio Brabo, decidió que no era justo tener que pagar al gigante por poder entrar en la ciudad, y se enfrentó a él. En la pelea, Silvio se impuso con braveza al gigante, cortándole la mano y lanzándola al Escalda, en cierta justicia poética. Según la leyenda, de ahí viene el nombre de la ciudad, ya que Antwerpen viene de Ant (Mano) y Werpen (lanzar).

Hoy en día, convivimos con nuestro propio gigante, aunque esta vez no es Druon Antigoon, sino todos y cada uno de nuestros estados y distintos niveles burocráticos que, si bien no nos cortan la mano, utilizan su poder para cobrarnos sus crecientes peajes.

Sin embargo, apenas quedan Silvios. Actualmente, aquel que no está de acuerdo con los impuestos, en algunos momentos cuasi-confiscatorios, de nuestros discutibles estados del “bienestar”, es señalado por la masa del consenso como un insolidario, un ladrón o un monstruo. Para ellos, si Robin Hood viviera hoy, merecería la peor de las suertes, ya que recuperaba el dinero de los malvados recaudadores de impuestos para devolvérselo a sus legítimos dueños, los contribuyentes.

Pero ojo, no todo está perdido. Algo está cambiando en España. Hasta ahora, toda reclamación colectiva, queja o súplica se había realizado para pedir al estado dádivas en forma de derechos positivos (siguiendo la dicotomía entre libertad positiva y libertad negativa de Isaiah Berlin), es decir, aquellos derechos que no requieren esfuerzo propio sino que exigen algo a los demás. Parecía que la sociedad había asumido que los derechos negativos (a tu propia vida, a la libertad…) están supeditados a los derechos positivos o de “tercera generación”, es decir, a aquellos que te obligan para con los demás.

Pero, como comentaba, algo está cambiando. A principios de este mes, las calles de Asturias y Andalucía se vieron cortadas, de repente, por sendas manifestaciones en contra del impuesto de sucesiones, uno de los más injustos que tenemos, ya que grava algo tan delicado como la muerte. Por primera vez en mucho tiempo, una manifestación se basaba en el “déjame tranquilo” y no en el “dame esto, esto y esto”. Siguiendo la cadena, el gobierno de Murcia ha anunciado que va a retirar la casi totalidad de este tributo.

Nuestro gigante sigue fuerte y sano (pregúntenle sino a los madrileños que tendrán que pagar la zona SER en noches y festivos), pero movimientos como los de Andalucía y Asturias pueden hacer que este vea cuestionada su legitimidad, y que empiece a temer por esa mano que continuamente tiene en nuestros bolsillos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.