Cicatrices

Hace una semana se cumplía un hecho inspirador, el Muro de Berlín llevaba más tiempo caído, que tiempo estuvo en pie. Ese muro, una de las cicatrices más avergonzantes que ha recorrido Europa en el último siglo, no es más que un eco del pasado. Su caída y la posterior reconciliación social fue, principalmente, un éxito de de la sociedad alemana, capaz, a pesar de todo, de mirar por encima de él y reconocer a sus iguales al otro lado.

A nivel nacional tenemos nuestras propias cicatrices en forma de trincheras guerracivilistas. Sin embargo, la cirugía plástica que si unió de nuevo a la sociedad alemana, es aquí vista por la izquierda como un privilegio capitalista ante el que no están dispuestos a capitular. Capitular, porque esto para ellos sigue siendo, aunque de forma ideológica o dialéctica, una guerra. Y la sociedad española, tan susceptible al noventayochesco pesimismo nacional de Baroja y Azorín, muchas veces compra este discurso.

Las marcas de este tipo de cicatrices son tan profundas como la sociedad quiera que sean, pero la izquierda de este país representa ese picor que de tanto rascar, levanta las pústulas y nos hace de nuevo sangrar. Los Garzón y compañía no nos perdonan que no hubiese revolución hace cuarenta años. La sociedad española, a diferencia de esta ¿nueva? izquierda, sabía de dónde venía y a dónde quería llegar. Ningún estamento social, ni la clase política ni la sociedad civil quería revolución, estaban cansados de fracturas.

Y aquí estamos, aguantando a cuatro lideresos sedientos de revolución, de guillotinas, de tomas de La Bastilla. Nos tratan de imponer el guerracivilismo político, el lenguaje frentista, la violencia escondida, la venganza velada. Hace cuarenta años aquí no hubo claveles, hubo una transición pacífica a una de las democracias de mayor nivel de nuestro entorno. Y hoy, la sed de protagonismo de algunos sectores ningunea que la sociedad española quisiera una transición tranquila, luchada y merecida. No habrá calles para los revolucionarios de las sonrisas. Y eso, eso no nos lo perdonan.

Foto: Andy Rogers

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.