Controla su lengua, controla su mente

Como bien comentaba Noemí Carro en su análisis de la película “Arrival”, el lenguaje es parte fundamental de cualquier civilización; es más que una simple forma de comunicarse ya que estructura la forma en la que vemos, analizamos y comprendemos nuestro entorno.

Esto es algo que en ciencia política se ha entendido desde hace mucho tiempo, con una importante presencia, entre otros, en los teóricos marxistas y posmarxistas. Antonio Gramsci y Ernesto Laclau (éste último, “padre” ideológico de Íñigo Errejón), dos de los pensadores de izquierdas más importantes del último siglo (sí, hubo un tiempo en el que la izquierda tenía referentes ideológicos que no fueran cantantes, humoristas o tuiteros sin oficio pero con beneficio), hicieron hincapié en sus obras en la importancia del lenguaje y la influencia de los actores políticos en él,  como una de las vías necesarias para alcanzar su ya famosa hegemonía. Usar las palabras correctas e intervenir en los nexos entre significado y significante para crear un entorno proclive a su ideología. Resumiendo: manipular el lenguaje para, a través de él, manipular a las masas y alzarse en el poder.

Estas enseñanzas las ha acogido de buen grado la nueva izquierda (izquierda alternativa/ “verdadera” izquierda/ los de abajo… whatever) y las usan a conciencia. Veamos, por ejemplo, dos términos que están en boga últimamente: antifascismo y feminismo.

A bote pronto, basándose en su significado original, poca gente renegaría de catalogarse como tal. Ser antifascista sería estar en contra del fascismo, cosa lógica para cualquiera que guste de la libertad; y ser feminista sería querer acabar con la discriminación que tradicionalmente han sufrido las mujeres por el mero hecho de serlo. Dos luchas legítimas y en pos de una libertad mayor para todos.

Pero claro, esta base teórica en la actualidad rara vez se cumple. Ambos términos han sufrido una “apropiación indebida” por parte de esta izquierda – que no por ser nueva es moderna -, transformando su fondo y sus formas para ganar legitimidad. Porque, ¿quién puede estar en contra de quién está en contra del fascismo o de la discriminación de la mujer?

Marcha marxista feminista. Fuente: theothermaccain.com

Indicaba muy acertadamente Miguel Ángel Quintana Paz en The Objective, que los grupúsculos de autodenominados “antifas” que florecen hoy EEUU, aquellos que boicotean charlas en la universidad que no coincidan con los postulados de izquierda radical, los que agreden a profesoras, los que desfilan con antorchas y banderas, los de la cara tapada, los que amedrentan al diferente… se parecen más a aquellos que cercaban la playa de Dunkerque que a los soldados británicos que se jugaron la vida por salvar Europa del fascismo. Pero, como la batalla del lenguaje la ganaron hace tiempo, fueron recursivos en los comentarios al artículo aquellos que decían: “pero… Miguel Ángel, los “antifas” parten de una base buena, que es el antifascismo, no como los fascistas que son malos en esencia”.

Y esa defensa es puramente terminológica ya que, para estos nuevos “antifas”, fascista es todo aquel que no piensa exactamente igual que ellos y su principal objetivo es imponer su pensamiento de izquierdas como el único válido, utilizando para ello la fuerza, la intimidación y la creación de movimientos totalitarios. Por eso, estar en contra de los antifascistas del siglo XXI, no es estar a favor del fascismo, sino en contra de aquellos que utilizan de forma fraudulenta el término.

Pasa exactamente lo mismo con el feminismo. Cuando la lucha necesaria contra la discriminación es adulterada por ciertos agentes políticos para convertirla en un rechazo al capitalismo o a la globalización (curiosamente, y en base a los datos, dos de las principales causas que más han ayudado a rebajar las diferencias entre hombres y mujeres), lo hacen deliberadamente para apoyar sus ínfulas de poder y sus ganas de modelar la sociedad en cuanto a sus propios criterios. Por ello, el conocido como feminismo de tercera ola, en cuanto a colectivista, hostil con la individualidad y profundamente ligado a esta nueva izquierda radical, tiene el arma de llamar “machista” a todo aquel que no compre el cien por cien de sus proclamas anticapitalistas y así poder deslegitimarlo.

El lenguaje está sujeto a una gran manipulación, sobre todo por parte de aquellos que tienen la capacidad de llegar a las grandes masas. La carga positiva o negativa que se inculque a las palabras es susceptible de ser utilizada con intereses políticos. Por ello, en esta época de inmediatez, de “likes”, “retuits” y de estímulos constantes, el análisis del significante, más allá de lo que el propio significado nos sugiere, se vuelve crucial en la defensa del pensamiento libre.

 

Imagen: Areo Magazine

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