Cuando la ciencia perdió el norte.

Una de las contribuciones más importantes de Galileo, fue a nivel conceptual, cuando observaba las lunas de Júpiter y afirmaba ante el Santo Oficio que sólo describía cómo se movían, y no cuestionaba porqué estaban ahí o si “alguien” las había puesto. Esto supuso un cambio esencial en ciencia, donde se pasó de buscar el “porqué” del funcionamiento de la naturaleza, a la descripción de ella. Cambiamos ser existencialistas, a ser descriptivos. Nos dimos cuenta de que estaba en nuestra mano entender cómo funcionaba la naturaleza y no porqué lo hacía de una u otra forma. Esto permitió a la ciencia desligarse de intentar resolver las cuestiones fundamentales, concediéndole todo el mercado existencialista a la iglesia y la fe, que en aquel momento tenía un vasto poder y una posición muy dura contra el conocimiento, e incluso siglos después, siguió siendo intransigente con el método científico; mientras que éste, desarrolló el escepticismo como herramienta fundamental para su método. Este escepticismo se basa en la no asunción de cualquier hipótesis hasta la demostración con hechos empíricos de la cuestión a resolver.

¿Pero qué ocurre si este escepticismo lo mezclamos con la fe? En los últimos años, está creciendo el número de asociaciones para el escepticismo, o de “divulgadores” autodenominados científicos que solo se dedican a atacar todo lo que no sea método científico. Y, ¿quién dijo que tenía que ceñirse todo a esto, aunque no fuese ciencia?

Actualmente, la humanidad tiene una crisis de fe y anda más bien desorientada en estas cuestiones, con bastantes motivos por cierto, pero esto no es razón para que desde la ciencia se abra un fuego constante en una guerra que parece eterna, con un rencor que se arrastra desde la Inquisición o incluso antes. Esto nos situaría en un lugar bastante comprometido, ya que pasaríamos de ser personas de lógica o razón, a ser aquello que tanto parece que molesta. Además, hemos de tener presente como ejemplo de lo que digo, que hace aproximadamente un siglo, convivieron unos físicos que revolucionaron el campo de la mecánica cuántica y lo más importante en aquel momento, era desentrañar la naturaleza, no la fe de cada cuál. Si intentamos ser objetivos, muchos científicos a lo largo de la historia han tenido fe en algo, y esa fe les permitió desarrollar su trabajo y mejorar el conocimiento. Fue el propio Carl Sagan el que, a pesar de que muchos de los anteriores “divulgadores” lo pinten como ateo, afirmaba que se sentía cómodo siendo agnóstico ya que no podía demostrar la existencia o no existencia de ningún Dios o algo similar, y a día de hoy, la situación no ha cambiado nada, ni la ciencia busca eso.

Por otro lado, hoy en día vivimos en una sociedad, en la que nos está aportando más el desarrollo tecnológico y el método ensayo-error, que las ideas. Ideas, que muchas veces se ven derribadas porque a algunos les pueda parecer descabelladas, sin darles la oportunidad de progresar. Ésto, junto con una dosis de ironía y demagogia, es más que suficiente para bloquear cualquier punto de vista poco convencional. Ésta situación ocurre, igualmente, por un exceso de escepticismo, y por colectivos científicos con una visión bastante conservadora. Las ciencias, sobre todo las más antiguas se han convertido en un mastodonte casi inalcanzable. Mastodonte que, por otra parte, parece ser más bien un gigante con los pies de barro cuando se pone en duda alguna de sus bases.

En definitiva, sé que puede parecer difícil, pero puede lograrse. Es importante no caer en los estereotipos que sólo nos dan sensación de seguridad por sentirnos parte de un colectivo. Lo único que importa es sentirse libre de pensar o creer en lo que quieras, siempre que respetes la libertad del resto. También lo es no portar un exceso de escepticismo, que te lleve a un negacionismo y te haga acabar creyendo, en un extremo, que la fe no forma o ha formado parte de historia de la humanidad. La clave de todo esto pasa por entender la fe, como aquello que muchas veces te hace ser mejor de lo que eres, que te hace esforzarte por encima de tus posibilidades y como algo que profesa cada uno individualmente; y el escepticismo, como un método para cerciorarse que los resultados de un experimento, confirman realmente una teoría o una hipótesis. Y entender que ambas deben ir por caminos separados, caminos que nunca se tendrían que haber intentado unir.

Palabra de agnóstico.

Fotografía: Rainbow Church, de Tokujin Yoshioka.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.