De Churchill a Cameron

Ser o no ser, esa es la cuestión. Así comienza el soliloquio de Hamlet, que se encuentra ante el dilema de vengar el asesinato de su padre o continuar fingiendo su locura y no cumplir con su cometido, en un momento cargado de confusión e incertidumbre. Esta célebre frase de Shakespeare puede extrapolarse –salvando las distancias- a la pregunta que se les formulará a los británicos el próximo 23 de Junio: Ser o no ser…de una Unión Europea Reformada. El referéndum convocado por David Cameron, conocido como Brexit (o Bremain por los europeístas convencidos), plantea la salida de la UE del país anglófono y suscita no pocas cuestiones jurídicas, políticas y económicas difíciles de resolver.

La política exterior británica puede resumirse en una esclarecedora frase de Lord Palmerston, Primer Ministro británico de mediados del siglo XIX, que sentenció en una ocasión: “Inglaterra no tiene amigos ni enemigos permanentes; sólo tiene intereses permanentes”. Con esta frase, podemos entender la presencia de la palabra reformada en la pregunta del referéndum. Que la UE está muy necesitada de reformas es algo evidente. Pero también es más que evidente, tras la carta enviada por Cameron a Tusk, que las reformas que éste plantea, atienden sólo a los intereses de Cameron y de (no toda) UK.

Tras 30 años de tiras y aflojas con invitaciones rechazadas y solicitudes con vetos del General de Gaulle incluidos, UK pide su adhesión en un momento de evidente desgaste económico frente al florecimiento de la Comunidad Económica Europea. La flagrante división en la votación parlamentaria pone de relieve la reticencia inglesa a sumarse al proyecto común, y es que su insularidad son el principio rector de su actitud frente al resto del continente: “Estamos con Europa, pero no somos Europa. Estamos ligados, pero no comprometidos”.

La coyuntura actual no tiene nada que envidiarle a la crisis de los 70: las nuevas amenazas terroristas en el corazón de Europa, los movimientos sociales emergentes polarizados a uno y otro lado del espectro político y la supuesta recuperación económica que no llega a sentirse en la base social hacen que sea difícil convencer a los ciudadanos europeos de mantener el statu quo vigente. Paradójicamente hemos sufrido lo que se denomina “globalization fatigue”, ya que si bien la UE tenía como finalidad facilitar el proceso de integración, a día de hoy hay voces que proclaman que se han cedido demasiadas competencias a la institución y es hora de que los gobiernos nacionales vuelvan a tomar las riendas de las decisiones políticas y económicas.

Como en todo “buen” referendum, el cisma social que vaticinan las encuestas es claro. Un ejemplo es la libertad que ha dado Cameron a su partido para posicionarse a favor o en contra. Otro ejemplo es que encontramos detractores en ambas bancadas de las Cámaras de los Comunes. 130 diputados tories se han sumado a la Campaña del Leave, entre los que se encuentran el Secretario de Justicia Michael Gove, y el de Trabajo y dentro en la oposición, se ha creado el grupo Labour Leave, aunque con mucha menor repercusión. El argumento principal de los euroescépticos es que las instituciones europeas son remotas, autoritarias e incapaces de adaptarse a los retos de nuestro siglo. No obstante, es curioso que estos argumentos no solo sean utilizados por brexiters británicos, sino también por parte de europeístas del resto de socios continentales.

El análisis de muchos de estos euroescépticos de boquilla, aunque acertado, es solo una herramienta para llevar al extremo el ya citado, a pesar de su adhesion, eterno tira y afloja de UK con la UE. Y es que cuando llegas a una negociación con una acuerdo de máximos, no se trata de negociación sino de chantaje. Son los intereses de UK los que se defienden con ese acuerdo, no las reformas que se necesitan en las instituciones europeas. Ni siquiera las que UK cree que la UE necesita. Esto no se ha tratado por tanto de una conversación del triángulo París – Londres – Berlín, sino de un lo tomas o lo dejas de la City. “Si se aceptan mis condiciones haré campaña a favor del Bremain “dijo Cameron. En el mundo del capitalismo todo tiene un precio, hasta el PM británico.

Si desglosamos un poco las encuestas, encontramos datos reveladores. El futuro de UK pueden decidirlo los que precisamente, salvo descubrimiento de la vida eterna, menos lo van a vivir, los mayores de 65 años. Y son los jóvenes, con instituciones simbólicas como la Universidad de Oxford al frente, los que deben movilizarse para impedirlo. Y hablamos de movilizarse porque las encuestas muestran que son los menos interesados en este referéndum. Es quizá este dato lo que impida que esta votación se convierta en “neverendum”, siempre y cuando los jóvenes sigan manteniendo su apuesta por la Unión Europea. Estamos por tanto ante un más que posible empate técnico. Habrá que ver si finalmente la frialdad de los argumentos, con tecnicismos y cuestiones económicas anula la pasión juvenil e idealista que despierta la UE y dejará a estos votantes en casa.

Si nos alejamos del foco británico podemos ver como el rechazo a una salida de UK es prácticamente unánime. El propio POTUS Obama dejó claro en su discurso en Londres el lunes pasado que si Reino Unido decidía salirse, tendría que ponerse al final de la cola para firmar un pacto comercial, lo que deterioraría las relaciones transatlánticas. David Cameron no debe haber entendido que en este mundo globalizado, dónde TTIP, TTP y demás siglas empiezan a ser la constante, un UK no tan unido, al menos en lo que a europa se refiere, tiene poca cabida.

Así no podemos evitar preguntarnos qué votaría Winston Churchill si se encontrara en semejante tesitura. Lo que podemos afirmar tajantemente es que nunca hubiera convocado un referéndum, porque como dijo “el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”.


Artículo elaborado junto a María del Pino: Estudiante de Derecho y Relaciones Internacionales con el síndrome del viajero eterno (véase Hiraeth). Adicta a los idiomas y a las buenas conversaciones sobre política en cualquier bar. ¿Para qué tener sentido común pudiendo tener sentido propio?

Foto: Eddie Keogh/Reuters

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