El botón de ‘reset’

  • Aunque nos empeñemos en discernir, la conciliación existe como posibilidad y probabilidad.

  • Madrid no tiene mar pero en sus cielos puedes sumergirte sin necesidad de ponerte el bañador.

  • Me escandaliza el poco valor que se le otorga a la palabra, la falta de civismo y educación que ya no parece importar a nadie.

Tengo una debilidad. Lo confieso. Y aunque ésta podría perfectamente estar acompañada de trompetas, saxos y maracas, no es la calamidad que cantaba Machín. Mi debilidad es más llevadera, menos romántica. Obnubila sí, pero no “agilipolla”. Grandísimo punto a favor.

¿Sabéis lo que más me gusta de mi debilidad? Que consigue dejarme sin palabras. Logra que me calle, y teniendo en cuenta que mi capacidad para reproducir palabras con cierto sentido es superior a la media (femenina, claro), es un mérito colosal. Mi debilidad además, posee esa belleza pura y natural que atrae inevitablemente. Esa axiomática e universal con la que la totalidad concuerda. Y es que aunque nos empeñemos en discernir, la conciliación existe como posibilidad y probabilidad. Así pues no me negaréis entonces que los cielos de Madrid fascinan. Y ojo que uso fascinación, que no es más, ni menos, que una atracción irresistible. Quizá la misma que sintió Francisco de Goya, o Diego Velázquez, o incluso Luis Quiñones de Benavente cuando acunó aquello de “De Madrid al cielo”. Ese embelesamiento que puebla las redes sociales de rosas, naranjas, azules y morados cada vez que atardece la Sierra de Guadarrama. Cada vez que la luz de la Meseta inunda las contaminadas calles gatas, protegiéndolas, limpiándolas. Y es que Madrid no tiene mar pero en sus cielos puedes sumergirte sin necesidad de ponerte el bañador.

Observo. Observo desde que tengo uso de razón. Contemplo, analizo y escruto. Examino detalladamente lo que me rodea. Leo, investigo y averiguo. Y me sorprendo cada día. No dejo de hacerlo porque es lo único que me mantiene en el suelo, que me da de bruces con la realidad que tanto me empeño en conocer. Y mientras me pierdo en la paleta de colores que me dedica Madrid, pienso en la sandez de la confrontación por la confrontación, el egoísmo intrínseco del ser humano o la pérdida total del sentido común. Me escandaliza el poco valor que se le otorga a la palabra, la falta de civismo y educación que ya no parece importar a nadie. Y sí, en ese momento pienso en la mierda de mundo que estamos construyendo, y busco en mi debilidad un botón de reset que nos permita borrar y reiniciar.

La noche cae. La variedad cromática da paso a un manto oscuro donde desde la sierra de Madrid, aún se pueden otear las estrellas. El cielo nocturno posee esa nostalgia propia de todo aquello que sabes que se va acabar. El enigma de la soledad. El encanto de lo prohibido. Y en ese instante, comprendo que aunque encontrase el botón de reset, y volviésemos a empezar, llegaríamos al mismo punto. Porque la vida es equivocarse. Y siempre nos quedarán tus cielos, Madrid.

Foto: Maryge

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