El debate menos decisivo

La puesta en escena del debate del pasado Lunes fue descaradamente más sobria que la del pasado Diciembre. Digamos que se eliminaron algunos elementos de típica campaña americana con aficiones enfundadas en sus camisetas, más que usadas últimamente, y desaparecieron los triunfalismos artificiales de una hinchada cada vez más cansada del tute electoral. Me gusta llamarlo un fervor efervescente ya que, aunque los equipos de campaña han estructurado la misma con cuidado detalle para acudir a todo en tiempo récord y luchar por ese escaño que baila en muchas provincias, no se está pensando en que la lucha no está tanto en el voto nuevo indeciso, casi perdido en la mayoría de los casos, si no que la verdadera batalla se fragua en no perder el voto dudoso conseguido en las pasadas elecciones.

El debate estaba perdido antes de comenzar. Así de claro. Muchos analistas han hablado de empate entre los candidatos o que han ganado todos. Nada más lejos de la realidad. La situación de hastío general y de percepción de incapacidad política es tal que pocas cosas cambiarán el sentido de las urnas el próximo 26J.

Por tanto la estética y las formas del debate cambiaron. No salir a perder más votos fue la máxima y ello  hizo el comienzo del debate una monótona declaración de intenciones de los cuatro candidatos. Ellos están a merced de la soberanía del pueblo, aquel que es sabio y certero.

La presencia de Mariano Rajoy no supuso ningún beneficio ni perjuicio para la formación de la gaviota. Mariano es tan insulso que hace de un debate un insufrible aburrimiento para el telespectador. Se dedicó a aportar datos de sobra conocidos por todos y manipulados a su antojo. Es fácil acusar al resto de inexpertos porque no han gobernado. Tienes razón, si tan difícil te parece ser presidente del gobierno, deja que otros con más ganas e ideas, asuman el rol y puedan poner en marcha las reformas que necesita este país.

Pedro Sánchez estuvo en su línea aunque rebajó el tono agresivo, bien aconsejado por sus asesores. Le salió la vena tosca en el momento corrupción hacia el candidato popular pero otros factores hicieron recular al maniquí socialista, que intenta no perder más votos de los asumidos, evitando la peor debacle del partido en su historia.

Decía que hubo factores que dinamitaron el debate e hicieron que el guion diera un vuelco inesperado. Albert Rivera, situado esta vez  detrás de un púlpito, dándole otra imagen y empaque mejorando el pasado debate, engrandeció su figura con discurso y formas. Disparó a su izquierda con precisión milimétrica, con balas de gran calibre hacia un cariacontecido Pablo Iglesias, que las esquivaba lentamente como en Matrix. El enemigo es Rajoy, decía con cara llorosa a Pedro Sánchez, en una de las imágenes del debate. Financiación de Venezuela, salida del euro, independentismo, dejaron al líder morado con pocas opciones de embelesar a otro público que no fuera el suyo. También Albert atacó a su derecha con brillantez, manejando sus afirmaciones con soltura. Mariano intentó defenderse de manera paupérrima y su contrataque se convirtió en amago.

No ha sido el mejor debate de la historia. No ha sido un debate definitivo ni mucho menos. Ha servido para reflejar una vez más lo dividido del espectro político español así como su más que posible desacuerdo ante un futuro resultado probablemente calcado a Diciembre.

Señores, la ciudadanía os pide levantar el veto y ponerse a dialogar. España lo necesita y necesitamos unos políticos con altura de miras y sentido de Estado.


Daniel García-Quismondo: Viajero y boticario. Amante de los pequeños placeres. Disfruto con la política y el Derecho. Con ganas de seguir aprendiendo y escuchando todo lo que la vida me quiera contar.

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