El día que arda Roma

Desde que tengo uso de razón me fascina el mundo árabe. Quizá sea porque he tenido la suerte de que Andalucía, la tierra que me vio nacer y crecer, esté impregnada de esa herencia islámica – porque reconozcámoslo, tras ocho siglos de dominación uno no es un mero okupa-. Y cómo resistirse sentada en una terraza al sol comiendo pescaíto frito y una tapita de espinacas con garbanzos con la Giralda de fondo. Los alicatados en los patios e incluso dentro de algunas iglesias, el olor a azahar, y por supuesto, las albóndigas son regalos de esa época pasada que nos recuerdan una historia en común. Por eso hace un par de años no tuve más remedio que apuntarme a clases de árabe, para conocer más acerca de la cultura que tanto me llamaba la atención, y de paso comprobar por mí misma si algunos estereotipos eran ciertos.

No sé en qué momento la conversación en clase derivaba en los Hermanos Musulmanes y entonces, oí que el profesor decía que no eran radicales, ni siquiera moderados, que eran muy tolerantes y que estaban siendo perseguidos sin justificación. No pude evitar decir que tenían un ideario salafista, que propugnaba la aplicación del Corán sin interpretación, y que su determinación de implantar la Sharia una vez ganadas las elecciones en Egipto había provocado revueltas. Justo como las de aquellos que se levantaron contra Mubarak unos meses atrás antes de que al Sisi decidiera que esto se estaba yendo de madre y diera el golpe de Estado. Empecé a explicar que tenían una estructura de servicios similar a la del Opus Dei, con un entramado de hospitales y escuelas propias, así como labores de caridad, pero  me cortó en seco diciendo: “¡Qué dices! Nada que ver, ¡esos sí que son radicales!” como si lo estuviera comparando con el Irgún sionista. Hasta aquí me podía esperar su reacción. Lo que me dejó helada fue el resto de la clase, que empezó a secundarlo con comentarios tipo: “hombre, cómo va a ser eso”, “qué va, qué va”. Ninguno de ellos había tenido contacto nunca con el Opus ni con los Hermanos Musulmanes, ni lo habían estudiado. De hecho la respuesta era: “bueno, pero los Hermanos Musulmanes no serán tan conservadores ¿no? Yo flipaba. Ahí me tuve que preguntar: ¿Qué carajo nos pasa?

Se nos llena la boca diciendo que hay que promover la tolerancia, que tenemos que desterrar prejuicios y evitar hacer juicios de valor sin tener ni idea de un tema. Pero en casa de herrero cuchillo de palo, y se nos está yendo de las manos. Para defender que los Hermanos Musulmanes son unas hermanitas de la caridad, con sus flirteos con el terrorismo, personajes como Al-Zawahiri saliendo de sus centros, Hamás como filial y que afirma impunemente que condenar la violencia contra mujeres y niñas es inmiscuirse en los valores tradicionales del Islam hay que tener o poca vergüenza o mucha ignorancia (y me inclino por lo segundo). La corrección política in extremis que vivimos actualmente no sólo coarta la libertad de expresión que tanto nos gusta enarbolar, sino que adoctrina a las masas en el buenismo desinformado. Vemos por la tele los atentados y todos nos acordamos de la madre del desgraciado, ponemos hashtags en twitter y salimos a las calles a condenar la violencia. Pero si tenemos la intransigencia delante de nuestras narices ni la olemos. Por miedo a ser tachados de retrógrados, aplaudimos ciertos comportamientos que de proceder de otros sectores de nuestra sociedad serían inaceptables. El día que arda Roma asistiremos embelesados al espectáculo, y cuando todo quede reducido a cenizas, nos preguntaremos por qué no impedidos que Nerón le prendiera fuego. Y entonces nos daremos cuenta de que Nerón era lo de menos, y que fuimos idiotas al no sofocar las llamas cuando éstas devoraban nuestra puerta.


María del Pino: Estudiante de Derecho y Relaciones Internacionales con el síndrome del viajero eterno (véase Hiraeth). Adicta a los idiomas y a las buenas conversaciones sobre política en cualquier bar. ¿Para qué tener sentido común pudiendo tener sentido propio?

Foto: Brandon Grasley

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