El sistema electoral español: ¿Una reforma urgente?

Una de las principales críticas esgrimidas por muchos de nosotros durante los últimos tiempos hacia la democracia española es su sistema electoral, algo que resuena en nuestra mente como una verdad universal: “el sistema electoral español favorece a la casta y es poco democrático”. Sin embargo, una aproximación mayor al mismo nos desvela bastantes realidades que superan esa alejada visión de nuestro sistema electoral.

Yo siempre he sido de los primeros en desear un sistema electoral más proporcional ya que es innegable que nuestro sistema favorece las mayorías pero, por otra parte, las favorece motivadamente.

¿Ha sido nuestro sistema electoral bueno para nuestra democracia?

Yo pienso que es evidente que sí, y se que esto camina en sentido opuesto al deseo democrático que poseo. Para mí, nuestra democracia es joven y dista mucho todavía de ser una democracia avanzada, de manera que un sistema electoral que constriña a la población a adoptar decisiones más sencillas puede resultar positivo en la medida en que contribuya a crear situaciones de estabilidad democrática donde ésta se desarrolle progresivamente. Y esto, que va en contra de la voluntad popular yo lo considero un bien común. Por tanto, a 40 años vista, con la cierta estabilidad que hemos conseguido, creo que el sistema electoral ha cumplido su propósito. Además, no es un caso particular español, durante los últimos 60 años todas las democracias europeas han establecido sistemas electorales basados en la regla de la estabilidad.

Defiendo pues, que el modelo ideal debe ser proporcional donde no se produzca la desigualdad del voto que se produce actualmente, pero también es cierto que no se puede pasar de una dictadura a una democracia ideal de un momento a otro. No es sólo el sistema, es también la cultura democrática de la sociedad, que afortunadamente ha avanzado muchísimo generando la situación en la que nos encontramos de pluralidad de partidos. Como es bien sabido, el sistema electoral español se basa en el sistema creado por el belga D´Hont. Para valorar correctamente los sistemas electorales debemos profundizar en sus particularidades y en las particularidades del estado en cuestión que desea adoptarlo. El tamaño de las circunscripciones, el número de las mismas así como el número de escaños repartidos por cada una de ellas hacen que un sistema cambie trascendentalmente. Ejemplo de ello es que en España existe una barrera para entrar en el Congreso de los Diputados que es la necesidad de obtener al menos el 3% de los votos en una circunscripción, pero los números nos ponen esa barrera en el 10,2%. Esto significa que el número de 350 diputados que alberga el Congreso también actúa como barrera para que los partidos minoritarios accedan, cosa que no sucedería si hubiese una circunscripción única. En nuestro país, la LOREG establece que deben repartirse 2 escaños por circunscripción y el resto en función de la población, lo que genera además una profunda desigualdad en el voto ya que hay circunscripciones claramente sobrerrepresentadas.

Otro elemento de influencia en el sistema electoral son las listas electorales. En España son completas, cerradas y bloqueadas. En mi opinión, la conjunción de todos estos elementos lo que provocan es un sistema con gran capacidad manipuladora. El votante, consciente de las reglas del juego, se ve empujado a votar a los partidos mayoritarios a través del “voto útil” y por otra parte el grado de desproporcionalidad generado por el sistema de reparto genera “mayorías prefabricadas” (mayorías absolutas con un 39,9% de los votos [PSOE 1989] ).

Efectos del sistema electoral español

Además, este sistema produce dos realidades contradictorias; de una parte provoca un mayor poder de los partidos mayoritarios reduciendo las posibilidades de fragmentación nacional y por otra, una sobrerrepresentación regional. Podemos observar como en las Elecciones Generales de 2011, UPyD consigue 5 diputados con un 4,70% de los votos, mientras CIU consigue 16 con un 4,17%(conseguiría 14 en un sistema proporcional directo) o Amaiur 7 diputados con un 1,37 % (conseguirían 2 con un sistema proporcional directo). Por tanto, los principales perjudicados son los partidos minoritarios de ámbito nacional.

Si nos fijamos en los resultados de todas las Elecciones Generales realizadas, los dos principales partidos han obtenido, al menos, el 80% de los votos, lo que hace que debamos preguntarnos si el pueblo español está descontento realmente con esto y por otra parte a entender por qué los partidos desarrollan una política antagónica. Por otra parte, las democracias no son más que la dictadura de las mayorías (aunque se consigan por medio de coaliciones), y este es el argumento más poderoso que encuentro para justificar los sistemas mayoritarios: se recompensa al más votado porque es quien ha conseguido ser mayoría, el hecho legitimador por excelencia en la democracia.

¿Es necesario un sistema proporcional directo?

Yo diría que no es necesario, aunque para mí es deseable. No podemos decir que este sistema atente contra la democracia, pero un sistema proporcional sería más acorde con la situación actual de la sociedad y provocaría un mayor control sobre el gobierno, aumentando aún más la saludable cultura de la coalición. Sin embargo, creo que las demandas de cambio a este respecto vienen más bien motivadas por una insatisfacción hacia el parlamento o los parlamentarios que hacia el sistema electoral en sí mismo.

Si miramos a nuestro entorno, nuestro sistema no es claramente peor que el resto e incluso posee bastantes virtudes. El sistema británico, donde cada circunscripción elige a un solo diputado, aunque da mayor poder al votante ya que su voto vale bastante “más”, genera el sistema más terriblemente mayoritario que existe.

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Sin embargo, Alemania con su sistema de proporcionalidad personal, que divide en dos el parlamento y tiene “dos votos”, uno para el sistema proporcional y otro para el personal, es visto como uno de los mejores sistemas, pero también genera ciertas desigualdades, a pesar de sus muchas virtudes.

¿Es el sistema electoral la causa de la generalizada percepción de que la democracia española no funciona bien?

Creo que no. La aplicación de otros sistemas como el de Sainte-Laguë puede ofrecer una configuración más proporcional pero no va a solucionar los principales problemas de la democracia española. El problema se encuentra más en los mismos políticos que, paradójicamente (como afirmaba Sartori) son los encargados de modificar el mismo sistema, quienes se encuentran atrapados por unos intereses creados que hace que sea muy difícil que modifiquen el status quo quitándose poder o privilegios. Cuando se habla del sistema electoral, hablamos del cómputo de votos, pero… ¿no sería más adecuado establecer normas de comportamiento para lo que rodea esos procesos más pulcras? Ejemplo práctico es que los políticos nunca cumplen su programa, ni si quiera siguen buenas praxis en las campañas electorales con acusaciones infundadas, populistas e irrespetuosas con la misma democracia. ¿No es eso más importante? Por otra parte, creo que el modelo americano de una separación clara entre el legislativo y el ejecutivo sería una maravillosa aportación a nuestra democracia, incluyendo las votaciones intercaladas para que el estado disfrute de un mayor control y estabilidad política. ¿Para qué sirve el Senado?

Por ende, mi conclusión es que, a pesar de ser bastante interesante la aproximación hacia un sistema electoral más refinado, pienso que es una bomba de humo más para que miremos a lo que realmente no es tan importante. Las reglas del juego son objetivas, y aunque mejorables, son para todos, algo a lo que, por desgracia, no estamos acostumbrados los españoles.

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