¿El último reducto de la cordura?

Las últimas encuestas en Francia dan como ganadora a Marine Le Pen. En Grecia, Syriza sigue dominando y Amanecer Dorado, de extrema derecha, sigue subiendo en intención de voto. El AFD Alemán, euroescéptico y con intención de romper la unión, ya llega a un 6%. Geert Wilders y su PVV, también euroescéptico y con una férrea postura contra la inmigración, sería el ganador de las próximas elecciones Holandesas según los sondeos. Corbyn da un giro a la izquierda a los laboristas ingleses y Donald Trump es un rock star en la precampaña estadounidense. Austria, Suiza, la lista es cada vez más larga.

Cómo podemos comprobar, en épocas convulsas el mundo se radicaliza. Tras haber sufrido una de las crisis económica a nivel mundial más duras de las últimas décadas, y añadiéndole los grandes problemas en Oriente Medio, que están obligando a miles de refugiados a buscar un sitio en Europa, los partidos más escorados a la izquierda y a la derecha del panorama político mundial, y los populismos en general, están incrementando sus seguidores y apoyos.

¿Está el mundo destinado a ser gobernado por fuerzas extremistas? Puede que no. En Canadá, como si de una aldea de irreductibles galos ante el imperio romano se tratara, ha ganado las elecciones federales por mayoría absoluta el Liberal Party, derrotando al partido conservador que gobernaba hasta ahora. El partido de Justin Trudeau se encuentra a la izquierda de éstos y a la derecha de los socialdemócratas de NPD, es decir, en el centro. Defiende el socioliberalismo, aunando una economía aperturista con el progresismo social.

Justin Trudeau, de 43 años, profesor de francés y matemáticas en un colegio de Vancouver y padre de tres hijos, es hijo del ex primer ministro Pierre Trudeau, considerado el refundador del Canadá moderno, federal, bilingüe y multicultural. El legado de su padre, admirado hasta por sus rivales políticos, fue una marca de la que Trudeau quiso huir. No quiso ser “el hijo de”. Se presentó a diputado por el distrito de Papineau, Quebec, un lugar conflictivo, de rentas bajas, alta inmigración y profundamente independentista. Lo consiguió consecutivamente en 2008 y 2011.

El Partido Liberal de Canadá ha sido el partido que más veces ha gobernado el país, manteniéndose en el poder durante casi 69 años no consecutivos en toda su historia. Durante ese tiempo condujeron a su nación hacia el desarrollo social, económico y del estado de bienestar. Implantaron el sistema de sanidad universal y las pensiones públicas, pusieron en marcha el sistema de becas a estudiantes, hicieron oficial el bilingüismo (inglés y francés) en todo el territorio, encajaron a Quebec como nación dentro del estado federal canadiense, aplacando en parte el auge independentista de esta región, aumentaron las libertades individuales y colectivas (Carta Canadiense de Derechos y Libertades), alcanzaron el equilibrio presupuestario en los 90 y legalizaron el matrimonio homosexual.

Sin embargo, en esta última década ha pasado por una crisis muy importante, perdiendo apoyos en favor de Conservadores y Socialdemócratas. Tras el fracaso de Ignatieff, el partido quedó en una posición muy delicada, obteniendo solo el 20% del voto canadiense y quedando en clara minoría en la Cámara de los Comunes. Pero hoy, tras recuperarse del peor momento de su historia, y tras una gran sorpresa electoral, ya que no era esperado este rotundo éxito (186 de los 338 escaños), vuelven al gobierno, remando a la contra de un mundo que se separa en extremos, con la bandera de la cordura y la centralidad, y un discurso de hermanamiento y diálogo entre compatriotas, lejos del conflicto con el resto de fuerzas políticas.

Tras otros países europeos como Croacia o Polonia, en diciembre nos toca a nosotros, en España, elegir qué línea queremos seguir: la de Canadá, la de Francia o la de Grecia.

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