En Dinamarca también hay obras. PARTE 2 – PRAGMATISMO

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Dicho esto, en Dinamarca también hay obras. También hay atrocidades fruto de esas obras, edificios monstruosos, fallos urbanísticos. También hay colillas en las calles, qué coño. Y muchos parches, aceras maltrechas, caminos de tierra, baches en la carretera y desniveles entre baldosas que te dejan la cadera cual carraca.

Una de las cosas que más me llamó la atención al llegar, era la suciedad que tenían las fachadas de los edificios históricos. Un acumulado de años de moho y hollín con la recalcitrante mierda de paloma como aglutinador de todo ello. ¿A qué no os habían contado eso de Copenhague nunca?

Pues la mierda está ahí. Pero la calidad de vida y la forma de ser de la sociedad danesa son tan increíbles, que aspectos como ese quedan en un más que tercer plano.

Un danés sabe perfectamente cuando quejarse y cuando no. Al igual que sabe la responsabilidad que supone la manutención de su ciudad y la carga impositiva que supone para todos ellos. Me decía un compañero que vive allí “Quitar esos tocones de árboles supondría semanas y costaría mucho. De momento no molestan”. Esto es el pragmatismo. Todos queremos una mejor ciudad y unas condiciones más idílicas, pero tenemos que ser conscientes de a costa de qué.

Todos los estudiantes daneses de formación superior reciben un aproximado de unos 600-800€ por el hecho de estudiar. Esta es una cantidad mensual que se les otorga por cumplir con sus responsabilidades como ciudadanos. Formarse, mejorar y aportar al país sus conocimientos. Pero este servicio es caro. Si se quiere mantener, la sociedad sabe que tiene que hacer esfuerzos, no necesitan que nadie les repita si es bueno o malo, solo tener los datos. Es curioso como esto se refleja en política. El pragmatismo es tal, que incluso entre los partidos que se sitúan más alejados del espectro, comparten un enorme número de propuestas. En España ahora se le llama “sentido común” pero como el sentido es personal, no hay nada menos común que ello, que en realidad debería ser denominado pragmático.

Uno de los ejemplos que quizás parezcan más tontos de este pragmatismo está en los parques públicos. Además, es un ejemplo bastante bucólico. En todos los parques públicos de un tamaño relativo, tampoco excesivamente grandes, hay una casita. En esa casita, vive un guarda y ese guarda se encarga de vigilar y trabajar en el parque. Da de comer a los patos, cuida de los caminos, recorta los setos y poda. Pues bien, cuando necesita madera, no va al ministerio a cumplimentar una solicitud para que el gobierno le otorgue X cantidad. Coge un árbol en mal estado, lo tala y guarda la madera. Así sucesivamente año tras año, con los frutos, con la huerta, etc.

El pragmatismo es tal, que esto es extensible a todos los terrenos. Si una familia tiene posibilidad de tener su propia huerta en casa, la tendrá, si puede almacenar agua en el aljibe, la construirá y si tiene acceso a pescar en el mar, comerá esos peces. El hecho de vivir en la capital de uno de los países más avanzados del mundo, no te exime de usar tu puta cabeza. Vivir en el siglo XXI, no significa que sean incapaz de gestionar tus propios recursos, ni tampoco supone que el estado te diga si en tú propiedad, si en tú casa, puedes o no cargar energía solar, porque el pragmatismo es eso, usar la cabeza y aplicar la libertad individual en el desarrollo personal y de la comunidad.

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