Euroescepticismo: El absurdo pulso contra la UE

La crisis Griega y sus diferencias con las instituciones europeas colman las portadas de todos los diarios a nivel mundial. Los griegos han votado “No” a la austeridad y “Si” a las medidas ideadas por su primer ministro y líder de Syriza, Alexis Tsipras. Las reuniones con el Eurogrupo no cesan y salvaguardar la presencia griega en el euro y la Unión Europea parece cada vez más complicado. No obstante, la crisis griega no sólo esta abriendo el debate sobre la permanencia de dicho país en Europa, sino también parece haber reforzado la confianza de muchos ciudadanos con el discurso de nuevos grupos políticos en otros países del viejo continente.

El euroescepticismo ha cogido mucha más fuerza en aquellos países donde la crisis ha causado un impacto mayor en las bases sociales. La austeridad y el paro que sufre la población aumenta el descontento de los ciudadanos con las instituciones políticas, entre ellas las europeas. Europa es vista por muchos como “aquello que nos ordena desde la distancia”. Tampoco resulta extraño oír afirmaciones como “La Unión Europea es tan distante que no nos representa”, y para cuando se nos llama a los ciudadanos europeos a las urnas por los comicios al Parlamento Europeo, muchos no saben, ni quieren saber, para qué cometido son sus votos. Es una (triste) realidad que para muchos de los habitantes del viejo continente, el proyecto de integración, que se inició con la CECA allá por 1951, sea un fracaso y que la UE haya aportado más desgracias que alegrías.

No voy a ser adulador ni a tratar a la Unión Europea como el culmen del progreso político y creador supremo del bienestar europeo. Sin embargo, considero que no es de buen recibo menospreciar un proyecto de semejante calibre y que tantas ventajas ha aportado a todos los conciudadanos europeos.

Los movimientos que rechazan a las instituciones europeas (muchos de los cuales, paradójicamente, con representación en las mismas) fundan sus argumentos en el retraso social que la Unión Europea representa. Uno de los discursos más comunes es el que ya Pablo Iglesias, líder del partido izquierdista PODEMOS, realizó hace unos meses mencionando los acuerdos que la UE llevaba a cabo con los Estados Unidos de América (el ya famoso TTIP): “Un acuerdo a puerta cerrada pretende vender nuestra soberanía y regalar nuestros derechos sociales a las multinacionales”. 

Los partidos políticos que llevan por bandera la salida de la UE olvidan que aspectos tan cotidianos como poder comprar una botella de vino más barato, disponer de vuelos internacionales más asequibles o disfrutar de una legislación unitaria, por ejemplo, en materia de telefonía móvil para todo el territorio comunitario son gracias a estas instituciones. Por supuesto, y bien sé, que la UE se encuentra lejos de ser perfecta. Proyectos como la PAC (Política Agrícola Común) o las políticas pesqueras han sido duramente criticadas, claro está, porque han causado daños en algunas regiones europeas que dependían íntegramente del sector agrícola o pesquero. También es cierto que muchas de las subvenciones que los estados miembros reciben de Bruselas son para profesionales de estos sectores, pero que en ocasiones se pierden “mal distribuyen” entre proyectos, en ocasiones, innecesarios para la economía del país (pero esto ya es competencia de los países comunitarios y no de la UE).

Tenemos mucho que agradecer a la UE, gracias a ella disfrutamos de la libre circulación de trabajadores, y proyectos para el fomento de empleo (sobretodo juvenil) como lo es “Juventud en Movimiento”. Tras Lisboa (2009), la Carta de Derechos Fundamentales de la UE  entró en vigor, donde la defensa de los derechos de los niños, de libertad de expresión, y de los derechos de minorías se convirtió en vinculante para todas las instituciones Europeas, así como para los países miembro. También, la UE renovó recientemente dentro de sus programas sociales el Fondo Social Europeo (FSE) en su proyecto 2014-2020 para fomentar tanto el empleo, como una mejor educación así como la inclusión social.

Pero no sólo nos centramos en lo social (ámbito fundamental para el triunfo de una sociedad plural y feliz). La UE está siendo un colchón imprescindible para lidiar con la crisis que lleva años acechando, sobretodo, a los socios del sur. La UE, entre otras cosas: ha reducido los costes de producción incentivando al comercio, ha aumentado la competencia entre productos comunitarios, ha mejorado la política económica nacional de sus países miembros (dada la disciplina y rigor de la legislación europea), ha eliminado aduanas, ha eliminado costes innecesarios que han fomentado el crecimiento y el progreso en el viejo continente. En definitiva, Bruselas ha ayudado mucho para el crecimiento europeo.

Los griegos recientemente tomaron una decisión. La UE es vista por muchos ciudadanos como una serie de ejecutivos que sólo miran por ellos, nuestros conciudadanos se sienten obviados y ninguneados. La solución no es abandonar, salir de la UE. La solución se encuentra en mejorar lo bueno. Las cosas se pueden y deben hacer mejor, pero eso no debe servir de pretexto para desmerecer a la UE como proyecto. No hay nada que alimente más el antieuropeísmo que un trabajo mal hecho. Considero que la Unión Europea debe seguir ilusionada en su proyecto, sin olvidarse de los valores en los que fue fundada, tras nacer en plena Guerra Fría y tras dos guerras devastadoras que sacaron lo peor de los europeos. La UE tiene que confiar en si misma, en sus ideales, en sus ansias de aunar a los europeos como ciudadanos semejantes. Europa debe ahora trabajar por el bien de los griegos, y sobretodo, por el bien de los ciudadanos europeos.

Toca aprender de los errores y mejorar los aciertos. No por Europa, sino por las personas que hacen de ella una realidad.

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