Europa 2017: Sumisión

  • La Europa sometida, la de las ministras suecas de cabeza gacha, es la que no pide reciprocidad, ni a los territorios ni a las personas

  • ¿Pertenecen las libertades a las personas o a los territorios? ¿Y los valores?

  • Según una encuesta de Gallup, tan solo el 29% de los franceses estaría dispuesto a ir a la guerra por su país, el 21% de los españoles

Golpes del destino, dosis premonitorias o cumplimiento del guión. El acierto de Michel Houellebecq sobre el futuro de Francia en su novela Sumisión, es jodidamente escalofriante.

Ayer, en plena concordancia de los capítulos del libro lanzado en 2015, Bayrou irrumpía en escena para otorgar su apoyo al candidato de centro izquierda. Sí, ya sé que Macron no es Ben Abbes, pero tampoco estamos en ese, cada día más verosímil, 2022 que plantea el cabrón de Houellebecq.

Página a página y día a día, la sumisión de Francia, de Europa, a la putrefacción interna, se culmina. No son Macron o Bayrou los causantes de esa podredumbre, ni tan siquiera Le Pen. Se trata de una putrefacción mucho más sutil, de complejos e incultura, de desaparición de valores y valor.

Según una encuesta de Gallup, tan solo el 29% de los franceses estaría dispuesto a ir a la guerra por su país, el 21% de los españoles. Contrasta con el 94% de la población de Marruecos, el 89% de Pakistán o el 75% de la India. Somos incapaces de defender nuestra posición porque somos demasiado imbéciles como para percibir incluso cuál es esa situación de privilegio en la que nos encontramos y como ha sido nuestra sociedad la que la ha conseguido, duramente, sin ningún apoyo externo, ninguno.

La Juana de arco gala, de pestilencia a queso azul, así como el resto de populistas del espectro europeo, parecen ser los únicos capaces de ver esa situación, si bien las “soluciones” que proponen son a cada cual más patética. Unas horas antes de que el bondadoso y acobardado Bayrou, anunciara su apoyo a Macron, Le Pen, en una inteligente visita de estado al Líbano, se negaba a entrar en la reunión pactada con el líder suní por la imposición de llevar el velo. Este acto, más calculador que reflexivo, ha levantado, como siempre, aplausos y críticas pero estoy seguro de que también ha arrancado una buena dosis de erecciones y votos en una Francia embobada, que mira de reojo el desastre de las políticas proislámicas de la izquierda nórdica.

Ayer, con cada insulto y vejación a Le Pen, la empujaban un poco más hacia el Elíseo.

Hace poco, la imagen de las ministras suecas, con velo, cabeza gacha y en silencio, recorría algunos medios y smartphones. La sumisión del progreso europeo en una imagen. Después vendría Trump con su boca chancla y desviaría la atención (para respiro del lobby mediático) a un asunto mucho más grave de lo que parece, la incapacidad de exigir reciprocidad por parte de los líderes europeos y la representación de todos sus complejos en sus actuales relaciones internacionales. Especialmente respecto a las más antagónicas, como las de los países islámicos.

No se trata de llevar o no velo. Si bien los trapos me maravillan y todo el boato cultural de cada región del mundo me fascina (soy yo muy de peineta, mantilla o traje de china poblana). La cuestión va más allá de textiles. Va incluso más allá que de feminismo o culturas, va a la libertad y la reciprocidad.

¿Pertenecen las libertades a las personas o a los territorios? ¿Y los valores? Traspasando una frontera el uso del velo es obligatorio, al otro lado voluntario. Con o sin burkini dependiendo de en qué orilla del mediterráneo estemos. Poder ser gay y seguir con vida a un lado de la frontera, al otro, no. Valores y libertad.

Pero si las libertades son de las personas y no de los territorios, la portante de velo lo podrá hacer aquí y allá. Y quien no lo porta podrá ir sin él de igual modo aquí o allá. O debería.
Elijamos la opción que más nos guste pero en ambas, la reciprocidad.

La Europa sometida, la de las ministras suecas de cabeza gacha es la que no pide reciprocidad, ni a los territorios ni a las personas, la que frente a sus libertades y las de su país, decide claudicar a las del resto, en ignorante esperanza de construir, mientras dejan que sus cimientos se pudran desde dentro.

Es 2017 y Houellebecq se está tomando un cognac a nuestra salud, la sumisión no llegará en el 2020, ya está aquí.

 

Foto: Lemonde.fr

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