Filosofía hecha cine: Arrival

A veces el cine comercial sorprende. Lo miremos como lo miremos, tenemos que reconocer que el cine comercial nos ha dado grandes disfrutes. Gladiator –que, por cierto, rompe la norma siendo mucho mejor doblada al español (de España) que en versión original-, 2001: Odisea en el Espacio, El Padrino y La Lista de Schindler son películas que merece la pena ver.

Películas que salieron de planes más o menos comerciales, nada underground¸ indie ni [inserte adjetivo alternativo aquí]. A veces el cine comercial sorprende. Y a mí me sorprendió, y mucho, el día que fui a ver La llegada, una obra de Denis Villeneuve titulada originalmente Arrival.

He de confesar que no tenía ni idea de que la película se basaba en el trabajo literario de Ted Chang. Hacía algo de frío y era un miércoles del espectador más en el que una producción sobre extraterrestres parecía lo más apropiado. Me fastidiaba ver de nuevo la cara de la protagonista, pero qué se le iba a hacer.

Por cierto, otra cosa que tenemos que reconocer es que el pasado invierno fue EL invierno para Amy Adams. Hasta en la sopa, con tres títulos en pocos meses. Pero suficiente hate: vayamos a La llegada.

Sin ser una película con una narrativa elaborada, sino lineal y sencilla –quizá, más sencilla la segunda o la tercera vez que la ves-, La llegada es filosofía hecha cine para masas. La introducción, que coge sentido al final y se va prolongando hasta deshacerse difusa en el nudo propiamente dicho, ya presenta un elemento principal en toda la historia: lo inevitable.

Los extraterrestres llegan. Esto no es un spoiler, vamos, se llama Arrival y va de extraterrestres, mala suerte si te sorprendes. Y el meollo empieza. Una pregunta sin dueño se pierde en la voz en off: Si se trata de un contacto pacífico, ¿por qué enviar doce naves en lugar de una?

Y nuestra querida Amy, en el deber patriótico que se le espera a la traductora de primer nivel Louise Banks, allá va, a ver qué quieren. Con más miedo que curiosidad científica, la verdad. Normal. Y aquí, de nuevo, un plano que lo revela todo: lo humanos y frágiles que somos. Cuando el equipo entra en la nave por primera vez, el primer instinto que tienen es el de tocar la nave, a través del guante.

Es, desde luego, el más primario de los instintos. El tacto es una de las formas más importantes de aprehender el mundo hasta que empezamos a comunicarnos a través del lenguaje. El hecho de que, antes de todo lo demás, los investigadores quieran palpar, nos devuelve a una sensación de vulnerabilidad comparable solamente con la infancia.

Pues visto así, Louise conoce a los heptápodos y descubre que escriben en círculos con forma de mancha de café en una mesa de trabajo. Solo que las manchas son un poquito peculiares, porque son semasiográficas, es decir, representan significados, no fonemas. Por otro lado, los caracteres de los heptápodos expresan frases completas en una única impresión visual: su ortografía es no-lineal. No tienen principio y final, va todo de una vez.

Imagínate que con dibujar una mancha de café pudieras pedirle a tu tendero favorito el mejor de sus pad-thai. Y que el tendero te entendiera, claro. O que pudieras pedir tu pizza en la web del domino’s sin tardar más de cinco minutos hasta que seleccionas todas las opciones. Es-pec-ta-cu-lar, sen-sa-cio-nal.

A nivel filosófico, en la historia de La llegada hay dos grandes ideas fácilmente reconocibles. En primer lugar, la hipótesis Sapir-Whorf, que entiende que a cada gramática de cada lengua le corresponde una forma de entender el mundo. Es decir que, según como hables, así piensas.

Es cierto que hoy en día no se acepta de forma estricta, pero también es cierto que numerosos estudios dan prueba de que el idioma en que pensamos nos dispone más frente a ciertas actitudes psicológicas.

Vaya, que si te dicen cuando conozcas a un inglés que es fácil que ante un problema tire por la calle’l medio, créetelo.

Esa sea quizá la interpretación más genérica de la película. Pero aún queda otra idea esencial que pertenece a la disciplina de la filosofía del lenguaje y que se masca fácilmente en Arrival. Esta idea deriva del famoso artículo de John L. Austin, “How to do Things with Words”, aka “Cómo hacer cosas con palabras”.

En “Cómo hacer cosas con palabras”, Austin distingue diferentes actos del habla, que configuran su teoría. Fundamentalmente, diferencia entre los enunciados que constatan cosas o constatativos, como “Esta mesa es blanca” y los enunciados que hacen cosas, los performativos, entre los que están las órdenes, los ruegos o las promesas: “Te juro que voy a ir a ver a tu madre el domingo después del partido, cariño”. Aquí se puede adivinar claramente que a esa frase le sigue un “prepárate como no vayas”. Otro performativo, por cierto.

Y es que la tesis principal de La llegada es que, dominando el lenguaje de los heptápodos, con su peculiar forma no lineal de concebir el tiempo, se llegará a dominar el tiempo mismo. Se hará, a través del lenguaje, realidad ese tiempo.

Por eso, conforme va descubriendo los entresijos de la lengua, Louise tiene cada vez más visiones de lo que está por llegar.  Por eso la historia verdadera de la película da comienzo cuando, tras la muerte de su hija Hannah, Louise dice “Ya no estoy tan segura de creer en principios y finales”. Y se da un salto hacia atrás.

Dicho todo esto, que quizá dé alguna clave a algún profano que lea esto al otro lado de la pantalla, he de decir que hay otros detalles muy interesantes en la película. Uno de ellos tiene como protagonista a Jeremy Renner en el papel de Ian Donnelly, que se entiende será el futuro marido de Louise y padre de Hannah. La niña tenía que tener por nombre un palíndromo, porque si no la coherencia total del film se desbarataba, por supuesto.

Sentados en la camareta donde a duras penas descansan, Ian le pregunta a Louise si se encuentra bien, dando a entender que sabe lo de las visiones. Sin embargo, la pregunta no es por las visiones en sí, sino que titubea antes de decir: ¿Sueñas en su lengua?

Otro de los rasgos que los especialistas utilizan para decidir si una persona domina o no domina un idioma es precisamente su capacidad para soñar en ese idioma. Eso quiere decir que la voz interior de cada uno va haciendo propias las estructuras del lenguaje que se habla, adueñándose de todo –y, según Sapir-Whof, también de nuestra manera de entender las cosas.

Un detalle muy cuidado de la historia circula alrededor de todo el concepto de las visiones. De hecho, la primera visión aparece cuando Louise conoce los nombres de los heptápodos, como si no hubiera mejor momento para inaugurar el conocimiento de una lengua que aprender a discernir dos palabras que nombren cosas, individuos de una clase distinta.

Ahora bien, mi momento favorito llega en la parte final del meollo. Cuando Louise entra en la cápsula a la nave, y se encuentra en la misma atmósfera que los heptápodos, les hace la temida pregunta que llevaban meses intentando formular: “¿cuál es vuestro propósito en la Tierra?” Y, entonces, Louise comprende.

  • Nosotros ayudar humanidad. En 3000 años necesitamos ayuda humanidad.
  • ¿Cómo podéis saber que eso es verdad?

[visiones]

  • No entiendo. ¿Quién es esa niña?

[visiones]

  • Louise ve futuro… Arma abre tiempo.

Esa arma es la lengua de los heptápodos. Si ciertos idiomas de la tierra permiten distinguir entre más de diez tipos de lluvia distintos, o si ciertas culturas nombran quince tipos de nieve, ¿es de verdad tan poco plausible pensar que nuestra manera de vivir el tiempo también la determinan las palabras?

Que le pregunten a un campesino viejo de la Castilla profunda qué sentido tienen las doce en un reloj último modelo, y si no lo tendrán más la madrugada, el alba, la mañana, la tarde, el crepúsculo y la noche.

Y bajar un par de marchas en esta vida rápida.


Noemí Carro: Graduada en filosofía, groupie de la teoría política y franca hasta niveles patológicos. Entre León y Asturias, y donde el viento me lleve.

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