Instintos primarios

Aislacionismo. Unilateralidad. Juegos de suma cero. Pacta sunt servanda. Proteccionismo. Nacionalismo. Mundo ceropolar. De esta forma tan pésima podríamos definir la deriva del sistema internacional.

Decía Hugo Grocio, uno de los grandes pensadores del racionalismo, que “no se puede gobernar una nación sin saber gobernar una ciudad, ni se puede gobernar una ciudad sin haber gobernado una familia, que es imposible gobernar una familia sin gobernarse a uno mismo y que para esto último, es necesario que las pasiones estén sujetas al uso de la razón”. Si Hugo Grocio viviera y viera el elenco gubernativo de algunos los principales países del sistema internacional actual, posiblemente volviera a elegir el siglo XVII para pasar sus días. Entonces, en plena Guerra de los Treinta Años, podríamos decir que había motivos para que el panorama fuera desolador.

El mundo actual sin embargo, está en disputa entre realistas cortoplacistas y revolucionarios violentos, ambos comparten la base de que el fin justifica los medios y plantean, física o verbalmente, un escenario internacional belicista: desde Maduro a Trump, pasando por Erdoğan, Le Pen y Pablo Iglesias, e ideólogos como Chomsky o Žižek. Sin embargo, el racionalismo (cuyos principales representantes se encuentran en la Unión Europea – región en la que no todos lo son) cuenta con pocos referentes políticos.

No hay excusa para que la sociedad permita la ruptura de la herencia indirecta de los casi cien millones de muertos que dejaron las dos Guerras Mundiales: un sistema internacional comprometido en mayor o menor medida con el Derecho Internacional, del que emana el Derecho en la Guerra, el multilateralismo, la cooperación y, en definitiva, el planteamiento de las relaciones internacionales y la diplomacia como un juego win-win.

Hitos del multilateralismo, como el acuerdo alcanzado en la COP21 de París sobre cambio climático, el acuerdo nuclear con Irán, el restablecimiento de las relaciones con Cuba o el TTP con América Latina y el sudeste asiático, han sido borrados por Donald Trump de la lista de éxitos estadounidenses en su primer año de legislatura. Otros, como la Unión Europea (proyecto supranacional que aglutina derechos y libertades sin igual) ha sido puesto en jaque desde dentro del propio proyecto por movimientos populistas y eurófobos, siendo también amenazado desde fuera, por Rusia y Turquía.

El poco racionalismo que queda en algunos de líderes de la Unión es sometido a juicio por la opinión pública de una sociedad cada vez más polarizada y, por tanto, más reacia a dejar de lado sus instintos primarios. Acuerdos de libre comercio son cuestionados con ferocidad desde los dos extremos del espectro político en pos de un proteccionismo que nos devuelva a los siglos XVII y XVIII. Líderes mesiánicos inundan nuestras pantallas con aires revolucionarios, ocultando lo propensos que son estos movimientos a los totalitarismos. Frases como “el cielo no se toma por consenso, sino por asalto” y similares son aplaudidas y votadas en urnas que costó mucho obtener.

Tres años después de la muerte de Hugo Grocio, se firmaba la Paz de Westfalia, que sentaba el statu quo vigente en Europa hasta Napoleón y las revoluciones liberales, doscientos años después. El Derecho Internacional que la hizo posible en 1648, ha sido el hilo conductor de gran parte del racionalismo internacional, desde Platón o Francisco de Vitoria hasta Kant o Hans Kelsen. Incluso Woodrow Wilson fue capaz en medio de dos guerras mundiales de poner orden y razón a un convulso y complejo sistema internacional y cien años después crisis y escepticismo.

Como sociedad, no tenemos excusa para dejarnos vencer por un idealismo revolucionario que no está basado en ideales sino en dogmas. No son Mandelas sino Monederos los que nos hablan de revolución. No tenemos motivos para defender un realismo egoísta e interesado, proteccionista de los sentimientos más básicos, donde no tiene cabida desde luego la vergüenza. Tampoco tenemos excusa, en pleno siglo XXI, para desterrar la globalización pero, si planteamos, como se está haciendo en Davos, el debate entre proteccionismo o globalización, es que el mundo va perdiendo. Cien millones de muertos son demasiados como para tener excusas. La razón va perdiendo.

Foto: Maxime Bonzi

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