La caverna

La última de la diputada al Parlament de Catalunya por la CUP, Anna Gabriel, una mujer que se sabe activista en pro del feminismo y de la que muchas de nosotras criticaríamos sus métodos, es nada más y nada menos que la genuina idea de construir una sociedad tribal en la que todos los miembros de la manada se hagan cargo de todas las crías, sin importar quién las haya parido o engendrado. Fantástico.

Gracias al cosmos y a su alineación planetaria, desde que Emma Watson le ha puesto algo de feminidad a la campaña, los gritos de ‘No al tampón’ han quedado neutralizados y catalogados a un tipo de emisor(as) muy concreto. Por ello, la pretensión de la vuelta a la caverna que Doña Anna propone y la asociación de estas declaraciones al feminismo reivindicativo, ya no quitan el hipo a nadie y nos causan un grave perjuicio a todas. Estas revelaciones de jueves a la hora del menú del desayuno, no plantean una agresividad mayor que la del bochorno que el resto de nosotras sufrimos y el incremento exponencial de que Twitter implosione por exceso de memes en una mañana.

Inocente de mí, quizás, asumo que alguien de la talla de un diputado parlamentario, por muy anti-sistema que sea su carta de presentación, tendrá una agenda que seguir, lugares a los que acudir y gente con la que, no solo estrechar la mano, sino también plantear soluciones posibles y asumibles a problemas reales. Y así mismo asumo que quién dedica su vida a representar a otros realiza con regularidad un análisis crítico de su entorno, valorando y sopesando en profundidad lo que preocupa a las personas a las que representa. Y como todo ello lo entiendo como requisito mínimo e indispensable para aquellos que tienen la vocación de dedicarse a la mejora de la vida pública (y fijaos que no he mencionado ni la tenencia de carisma o talante), la pregunta inevitable que a mi mente viene en esta ocasión es: ¿En qué cabeza cabe?

No logro comprender que, Anna Gabriel, después de tener en cuenta: primero, el drama social y el terrorífico índice de pobreza de familias catalanas; segundo, la alarmante cifra de personas en paro; tercero, la inasumible deuda de la Generalitat (que no olvidemos tienen que pagar sus ciudadanos); cuarto, la trágica división social por el germen del execrable nacionalismo; quinto, la triste fuga de cerebros jóvenes que se llevan el futuro a otro lugar; sexto, el marrón que se nos viene encima con el insostenible sistema de pensiones; séptimo, el peligro de la alienación social con la hambrienta captación de personas vulnerables en comunidades radicales; y un larguísimo etcétera,… después de contemplar todas estas dificultades a las que Cataluña tiene que hacer frente, la diputada por la CUP apuesta por tener hijos “en común” como en las “tribus”. El argumento principal es que ella ve en la familia ‘convencional’ una “lógica perversa y poco enriquecedora”.

Desgraciadamente, y debido a la cantidad de preocupaciones a las que dar respuesta, cierto es que miles de familias en Cataluña se ven obligadas a hacer un sobreesfuerzo diario para seguir adelante y enriquecer a los miembros que la componen de un modo u otro. Pero más cierto es que la única lógica perversa aquí es que quien debe proponer soluciones a los rompecabezas de los ciudadanos catalanes, dedique su tiempo a divulgar en nombre de todas lo que no es más que palabrería circense ávida de minutos de fama.

 

“No me fío ni de mi sombra, voy a dejarle mi hijo al vecino” – (Madres, eones a.C).

(*) no offense, vecino.

Foto: Patrick Gruban

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