La ciénaga

Puedo pasear por la mañana y a medio día. Alguna vez, cuando padezco de insomnio, me doy un voltio de madrugada por cualquier parte. Me podrás encontrar sola o acompañada, por las calles de Madrid o por las de Barcelona. Voy en bus al trabajo, en metro a casa de María, con el coche me planto en Oviedo en menos de que cuentes tres y, aunque me divierte conducir mi Vespa, todas mis amigas saben que me derrito si me llevan en una Triumph. Algunos me han visto trasnochar por el pueblo, regresando a casa de una fiesta de prau, saltando al alba por carreteras inhóspitas, celebrando mi juventud, mis vaqueros cortos y los sueños Shakesperianos de mis noches de verano. Si necesito metálico, voy y lo saco; y sólo miro a mis espaldas para cerciorarme de que no estoy tardando demasiado, ni haciendo esperar a nadie.

Lo que quiero decir es que tengo la certeza de que puedo vestir así o asá, hablar en alto o callar, dejarme ver o dejarme olvidar. Y, aunque podría despacharos, diciendo que todo esto lo hago “porque puedo”, vomitando soberbia sobre un lago con el reflejo de Narciso, me temo que mis pilares Jesuitas, unidos a la infancia de mi madre en las Monjas y a ese pundonor de la costa del Cantábrico que llevo en mi ADN recesivo, de algún modo, me lo impiden; así que no: no es “porque yo pueda”, es porque ellos me lo permiten.

Ellos velan por nuestra seguridad; algunos lo hacen por gran parte del territorio nacional, otros de forma regional, pero, estén donde estén, todos gozan de mi plena confianza, y la prueba irrefutable de ello es la tranquilidad con la que voy y vuelvo, entro y salgo. Pausa: ¿comprendéis el valor de ir a por el pan y volver a casa con vida? ¡Oye! Estamos hablando de una media de 70 muertes diarias por homicidio en México en el 2017. Este privilegiado placer, característico de la región europea, del que no gozan en Zimbabue, ni en México, ni (seamos claros) en Estados Unidos, tiene sus raíces en la confianza depositada en quiénes se encargan de protegernos.

En las últimas horas, nos hemos enterado de que los Mossos d’Esquadra espiaron a miembros de partidos de la oposición en Cataluña, por órdenes de quienes estaban al frente del gobierno; hemos sabido que, el mismo cuerpo policial intentó destruir el aviso de la CIA por el que se alertaba del atentado inminente en Barcelona, el pasado mes de agosto; y, no cortos, hemos sabido que, durante el CIRCO del pasado 1 de octubre: “los mandos de los Mossos d’Esquadra repartieron teléfonos móviles entre las patrullas que acudieron a los centros de votación para canalizar todas las órdenes sobre el operativo – estas conversaciones, a diferencia de lo que ocurre con las mantenidas a través de la centralita del Cuerpo, no quedaron registradas.”

Llamadme alarmista, pero me asalta una duda: si no pienso como ellos, ¿me defenderán igual? La confianza es tan solemne como delicada y en un chasquido queda aniquilada. Llamadme agorera, pero estamos entrando en la ciénaga putrefacta del que tiene un cuerpo armado a merced de un gobernante y, me da la sensación de que nuestra inmadurez e infantilismo actúan a modo de antifaz, impidiéndonos ver la silueta en el horizonte del no poder confiar en quienes deben velar por la seguridad de todos. En ese horizonte estoy yo, curándome el insomnio mientras paseo por Barcelona; estoy, yendo a trabajar o sacando dinero de los cajeros automáticos de Oviedo sin parar de hablar; estoy ahí, recogiendo a María con mi Vespa en las noches de verano y vomitando soberbia por carreteras inhóspitas; estoy allí, rompiendo corazones sobre esa Triumph. Estamos todos en libertad.

Foto: Colin Brown

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.