La estandarización de los sentimientos

Desconozco cuando comenzó este proceso. Si coincide con la psicología moderna o esta es fruto del proceso en sí. Lo cierto es que en las últimas décadas y sobre todo desde la conectividad global, hemos asistido a un proceso de estandarización de los sentimientos. Y por supuesto, a su consecuente profesionalización.

Lo viene a resumir a la perfección el personaje de Ben Wyatt en Parks and Recreations. “You can’t just chop up the aspects of a relationship into discrete parts and select the ones you want, like a buffet.”
No se puede, pero se intenta. Desde la educación básica, aprendemos a categorizar nuestros sentimientos. Va mucho más allá de la loable funcionalidad del lenguaje. Enseñamos cartas de emociones a los niños y les impulsamos a señalar como se sienten, entre 10 o en el mejor de los casos 20 opciones. Con el tiempo es aún peor.

Según nos desarrollamos, el número de sentimientos categorizados disminuye. Ya no consideramos estar hambriento o sediento como sentimientos, son funciones fisiológicas que se dan por hecho. Como adultos, nos movemos entre alegría, tristeza, enfado, ilusión y poco más. Y aquí viene lo peor. Trasladamos esas mismas apreciaciones hacia nuestras relaciones sociales.

Somos capaces de categorizar si alguien nos cae bien o mal o si es o no es nuestro amigo, sin más puntualización. Esto es cruel y contraproducente. Disponemos de tantas categorías como número de relaciones interpersonales tengamos, porque todas tienen sus variantes que las hacen únicas. Pongamos el claro ejemplo de conversación “- Me ha llamado mi ex – ¿Ahora quiere que seáis amigos?” Mehhhhh, incorrecto. Un ex, será un ex, no es un amigo, no es un enemigo, es un ex y dependiendo de cada caso personal tendrá unas características sentimentales diferentes al relacionarse. Habrá ocasiones en que haya mera cordialidad, otras habrás sexo y atracción, otras habrá rencor, habrá ilusión, habrá curiosidad… y así infinitamente. La obsesión por simplificar nuestros sentimientos y relaciones interpersonales nos lleva en muchas ocasiones a destrozarlos. Deseamos poder expresar lo que sentimos del modo más rápido y sencillo y si es necesario, recortamos los aspectos íntimos de esos sentimientos para que se ajusten a nuestro léxico.

Hemos llegado a tal punto que en muchas ocasiones no podemos expresarnos si no hay un “emoji” que represente nuestras sensaciones e incluso podemos modificar nuestra sensación real respecto a la elección del mismo. Es verdaderamente absurdo.
Seguramente el súmmum de la profesionalización de sentimientos se observa en las apps para ligar. Tinder, Grindr, Hornet… conversaciones estandarizadas con dos únicas sensaciones posibles, “caliente” o “bien ¿Y tú?”. Nadie se siente nostálgico, asombrado, ilusionado, expectante,hiperactivo, etc. Bueno, depende de que entendamos por hiperactivo. El caso, alcanzamos la mayor estandarización de sentimientos de la historia. Conversaciones con idénticos formatos que parecen ser formularios laborales, la profesionalización de los sentimientos.

Pero la realidad no es esa. Detrás de cada síntesis o de cada respuesta estandarizada, hay un cúmulo de sensaciones, que muchas veces no son tan sencillas de describir. Porque somos el resultado de una acumulación de acciones, ideas y sensaciones, que no siempre van coordinadas entre sí. Quizás sea positivo, que nos paremos a pensar unos segundos antes de contestar el próximo “¿Qué tal estás?” y analicemos cuales son esas sensaciones e intentemos no categorizarlas, sino externalizarlas, aunque no sean plenamente coherentes entre sí. Porque el objetivo no es sintetizar, si no comunicar.

El objetivo es darnos a entender y exteriorizar nuestras preocupaciones e incoherencias, de modo que la persona frente a nosotros conozca nuestra situación real y empatice, aporte o consuele, según sea. Porque el ser humano siempre será incoherente según desde que perspectiva sea observado y eso, es imposible de sintetizar en un único sentimiento.

© Imagen, Erwin Olaf – Separation

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