La noche que Neptuno vino a despedirse del Calderón

Debían ser las 22.15 muy pasadas cuando los truenos comenzaron. El estadio Vicente Calderón se erguía a orillas del Manzanares, glorioso, siendo consciente de que estaba viviendo sus últimos minutos europeos. Un 2-1 que aunque suponía una victoria, no parecía suficiente para emprender el camino a Cardiff. ¡Ay si el Bernabéu hubiese albergado otro partido! ¡Ay si las abejas Maya indias hubiesen conseguido lo que hace tres años en el Camp Nou! Tal vez, tal vez…

A pocos metros, en el Paseo de Pontones, 24, con un ojo puesto en la pantalla y el otro, en el manto morado que cubría el Calderón, la presencia de Neptuno era inminente. Y es que ninguna de las figuras que conforman el sentimiento rojiblanco, podían perderse esa noche histórica. Nunca dejes de creer, repetía una y otra vez.

Fue mi hermano pequeño quien señaló hacia el estadio y avisó de que la tromba de agua se aproximaba peligrosamente hacia nosotros. ¡Calla!, le espeté sin hacerle el más mínimo caso. ¡Que estoy viendo el partido! Cuando quise darme cuenta, estaba cantando bajo la lluvia, al unísono y sin paraguas, el himno del Atleti. “Jugando, ganando, peleas como el mejor. Porque siempre la afición se estremece con pasión cuando quedas entre todos campeón”. Y con una energía y efusividad más propias de un finalista de la Champions que de un semifinalista. De hecho, tuve que mirar un par de veces el marcador a través de la cristalera de El Jardín de Pontones, limpiarme las gafas y restregarme bien los ojos, para cerciorarme de que el resultado continuaba siendo el mismo. Que el diluvio de Poseidón no había conseguido la proeza. No. Que la cerveza que corría por mis venas no estaba traicionando mi entendimiento. Bueno, o quizá un poco sí. Porque seguimos cantando bajo la lluvia, saltando y mojándonos mientras Sergio Ramos saludaba uno a uno a los jugadores rojiblancos. Como si lo hubiéramos ganado todo. “Porque luchan como hermanos defendiendo sus colores […] derrochando coraje y corazón”. Como si todos los colchoneros que nos encontrábamos en las inmediaciones del campo, automáticamente nos hubiésemos trasladado a su interior. “Atleti, Atleti, Atlético de Madrid”. Rugíamos todos los indios.

Y fue entonces empapada hasta los huesos, con mi camiseta de rayas rojas y blancas con el 14 de Simeone a la espalda, cuando pensé que no me imaginaba apoyando a otro equipo que no fuera el Atleti. Y abracé a mi abuelo a 600km de distancia, le sonreí y le susurré al oído: “Qué bonito es ser del Atleti. Gracias”.

Foto: Charlie Cunningham

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