La polémica renta universal

Protesters dressed as robots demand a basic income for everyone during a demonstration at the Bahnhofstrasse in Zurich, Switzerland April 30, 2016. REUTERS/Arnd Wiegmann - RTX2C8PX
  • La automatización de los procesos productivos y de la prestación de muchos servicios sustituirán la fuerza laboral generando así más desempleo y por ende, pobreza.

  • La Renta Básica Universal supondría en países en desarrollo una medida efectiva a corto y medio plazo para la reducción de la pobreza.

  • Para una socialdemócrata la Renta Básica Universal supone una respuesta efectiva a la pobreza, pero también una amenaza al Estado de Bienestar

Si algo aprendimos del 2016 fue a no dar por sentado el sistema político aperturista y de libertades hasta ahora vigente. El resurgimiento del populismo y del aislacionismo en los que fueron heraldos de la democracia liberal es la bofetada que nos ha hecho despertar en una nueva etapa política y social.

Más cambios están en camino. Incluso sin el protagonismo de Trump, May y Putin, nos encontramos con un debilitamiento del Estado de Bienestar y de su percepción como consecuencia de las altas tasas de desempleo, el aumento de la esperanza de vida y la acumulación de la riqueza (el 2017 empezó con la noticia de que las ocho personas más ricas del mundo acumulan la misma riqueza que la mitad más pobre de la población mundial, 3.600 millones de personas).

Pero no solo eso; se prevé que la automatización (robotización evoca a RoboCop) de los procesos productivos y de la prestación de muchos servicios sustituirán la fuerza laboral generando así más desempleo y por ende, pobreza. Pensemos en Expedia vs. Agentes de viajes y en coches que se conducen solos, una vez dejen de chocar.

¿Soluciones?

Finlandia ha revuelto el debate de la Renta Básica Universal (RBU) que como su nombre indica proveería a toda la ciudadanía mayor de edad de una dotación económica fija; un monto configurado para garantizar la supervivencia, erradicar la pobreza extrema y redistribuir la riqueza pero manteniendo la necesidad de un trabajo (evitando  parásitos)  y  vigorizando la negociación colectiva a razón de la posible desmercantilización (decommodification) del trabajo.

¡Que lluevan los peros!

El primero es sin duda el coste. Sus defensores plantean su financiación a través del PIB (por ejemplo, el 1% del PIB de Reino Unido bastaría, según The Guardian), de la utilización de fondos destinados a otras prestaciones como de desempleo, subsidios y pensiones, de impuestos; así como del ahorro que supondría la reducción del aparato estatal para dichos programas y el ahorro del tratamiento de enfermedades asociadas al estrés (aunque idearemos nuevas razones para estresarnos).

La segunda objeción -primer spoiler ideológico-  sería su potencial para progresivamente desmantelar el Estado de Bienestar. La idea, tal y como ha sido planteada en experimentos que se realizarán este año en los Países Bajos y en Finlandia, comprende una simplificación de la burocracia de los programas sociales pues la necesidad de cobertura se reduciría, mas no el reemplazo del Estado de Bienestar. En las propuestas se mantienen los programas de asistencia social de alta cobertura en salud, vivienda y educación.

La tercera objeción sería la capacidad redistributiva real de la RBU si la clase alta recibe también la renta. Economistas como Joseph Stiglitz argumentan que la aplicación de la RBU iría de la mano de -segundo spoiler ideológico- un sistema tributario progresivo que corregiría en última instancia el efecto de la RBU en la desigualdad social, junto con otros cambios sistémicos.

¿No convence?

Si su viabilidad en los países desarrollados es cuestionable, el impacto positivo que podría tener en países en desarrollo es más digerible. Caracterizados  por una desigualdad abismal, una seguridad social débil y por un bajo nivel de institucionalización; la RBU supondría en países en desarrollo una medida efectiva a corto y medio plazo para la reducción de la pobreza.

A modo de ejemplo, los intentos de establecer un Estado de Bienestar sólido y eficiente en América Latina se han visto obstaculizados por desafíos estructurales como la economía sumergida, los censos deficientes y una excesiva centralización estatal, así como por la falta de institucionalización de los programas sociales dando pie a clientelismos y marginación (léase compra de votos y corrupción).

Tales barreras que dificultan la identificación de beneficiarios y la destinación eficiente y efectiva de las ayudas pueden ser superadas por la RBU, atajando a la vez la pobreza extrema de la región y rescatando la capacidad redistributiva del Estado que deberá -claro está- sofisticarse estableciendo otros programas sociales.

Para una socialdemócrata (¡sorpresa!)  la RBU supone una respuesta efectiva a la pobreza, pero también una amenaza al Estado de Bienestar si como se teme se utilizara para suplantar a ese Big State prestador de servicios sociales.

De momento seguiré abogando por resolver primero los defectos del Estado Social actual y acomodarlo al reto de la automatización; lo cual supone primordialmente volver a creer e invertir en él (léase el fin de la austeridad, la precariedad laboral y la privatización masiva). La RBU en cualquier caso no es una solución, sino un complemento.


Andrea Perales: Colaboradora en ThinkAct Club. Venezolana con un anhelo constante de naturaleza y politóloga enfocada en las relaciones transatlánticas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.