Lecciones de historia: por la Hungría moderna

  • Hartos de construir monumentos para después derruir, los primeros sublevados húngaros hicieron el mejor monumento que he conocido en mi vida, el hueco.

  • La historia no es “buena” o “mala”, es historia.

  • Las víctimas en Hungría piden rigor en lugar de amnesia y caridad.

Tras 150 años de ocupación otomana, la “Gran Hungría” del siglo XVII, tomó como primera medida la eliminación de cualquier rastro de la presencia de los turcos en tierras húngaras. Reconstruyeron las fortalezas y construcciones cristianas y derribaron los símbolos del imperio Otomano.

Años, guerras e invasiones después, la eliminación de los símbolos fue convirtiéndose en labor compleja, pues cada vez eran más conquistas, más símbolos propiciados por el ferviente nacionalismo y menos tiempo, dinero y fuerza entre batalla y batalla para borrarlos del mapa. Quizás por este motivo, o por alguna reflexión que desconozco, la Hungría moderna desistió a lo que ahora es la norma en occidente, el borrado y adaptación bucólica de la historia. En su lugar franqueza, firmeza, aceptación y aprendizaje se han establecido como norma en el imaginario colectivo y también en el manejo de los símbolos en la ciudad.

Después de un intenso viaje a Budapest y kilómetros de salas enmohecidas de museos recorridos, aquí van las collejas que a un español como yo le deja ese país de hueco en la bandera.

Lección 1. La historia no es “buena” o “mala”, es historia.

Lo primero que me llamó la atención de un guía húngaro, fue el tono neutro con el que narraba la historia de su país. Parece que después de años de verborrea fascista y comunista, de modo periódico y constante, han conseguido abstraerse de toda la propaganda que intenta penetrar su mente. Para alguien como yo, que viene de un país asquerosamente guerracivilista y cainita, del que aún algunos nacidos en democracia viven de las rentas de una guerra ganada o perdida hace 80 años, esto sorprende. Te cuentan la historia, con la tranquilidad de quien nombra una fórmula química. Una serie de sucesos, sin buenos ni malos. Que ahí estaban los Habsburgo y que ahí se quedaron, que ahí llegó un archiduque, un führer, un gulag… y por eso estamos donde estamos y ya saquen ustedes conclusiones de qué quieren que pase a partir de mañana.

La neutralidad no significa sin embargo tibieza, toma nota Albert Rivera. La neutralidad se puede ejercer con firmeza y sentimiento y de esto también saben los húngaros. Los muertos, el sufrimiento, los campos de trabajo, son malos. Los tiempos de prosperidad, crecimiento económico y social, buenos. Pero la historia no genera unos u otros. Quien quiera rendir cuentas, que las pague a su prestamista, que la historia no va a parar a vernos llorar.

Lección 2. Si vas a eliminar algo, que quede constancia de que existió.

Madrid, Valencia y Barcelona, tienen una competición de Misses digna de estudio. Miss Simpatía Carmena apuesta por las calles, Miss folklor Ribó echa el resto a la eliminación del tradicionalismo y nuestra Miss España Colau hace un órdago con la simbología de la realeza. Las tres misses “del cambio” compiten con fiereza por el borrado de la historia. Una corona disputada y por la que el público, mientras come sopas de ajo, jalea “¡Más, más, que no podamos acordarnos de nada!”.

Venir de esa España que se arranca las vísceras asegurando que es por el progreso del organismo y caer en un país en la que en la misma plaza encuentras las coronas austracistas, el monolito soviético y el águila del III Reich, es cuanto menos curioso. Más aún cuando la plaza se llama “de la libertad”. Demasiado frío para unas lágrimas, pero el necesario como para enfriarme la mente y conseguir escribir esto.

Tres ejemplos:

Las calles. En el debate sobre la eliminación de los nombres de calles hay tantas versiones como pensamientos, pero me quedo con el resumen. Una calle es un honor y hay que eliminarlo de quien no merece honores (Determinar quien merece honores o no… en fin, pero eso es otro cantar). De acuerdo, eliminaremos su placa y la remplazaremos con la de un honrado (y de mi cuerda) personaje. ERROR. Aquí llega Hungría y nos enseña entre collejas otra vez. La placa se queda Y SE TACHA, que todo el mundo recuerde que esto existió, que tuvo honor o así alguien lo consideró. Y que ahora, la persona situada bajo él, sustituirá ese honor.

La bandera. En 1956 comienzan las sublevaciones contra el terror comunista. Después del expolio de los nazis, los húngaros estaban en medio de los intereses comunistas que masacraban, explotaban y expoliaban a los húngaros. Hartos de construir monumentos para derruir, los primeros sublevados hicieron el mejor monumento que he conocido en mi vida, el hueco. Un monumento a la oquedad en su bandera. Recortaron un círculo, extrayendo el escudo comunista de la bandera húngara y quedó lo que aún ondea hoy en muchas calles de la Hungría contemporánea. Una bandera de tres franjas con un recorte circular en su centro. Que perdure la cicatriz de lo que hubo y se arrancó, como perdura la mano metálica de Lenin en el museo de Historia Nacional.

Los Ruin Bars. Sí, un bar también es un monumento. Qué no más nos contaría el Pepe Botella del Dos de Mayo o Casa Larra que lo que nos pueda contar un mísero monolito de cualquier rotonda de extrarradio. La elevación de los bares a monumentos en Budapest, es un arte. Los Ruin Bars, son bares que aprovechan las ruinas de las sucesivas guerras y miserias, como estructura y sin reconstrucción que valga, plantan allí su chiringuito. Un monumento a que la historia no se tapa, ni se embellece, se disfruta, se aprende y se supera. GET OVER IT es esa expresión que los ingleses nos debieron tatuar después de la batalla de Trafalgar.

Lección 3. Remarcar un hecho historíco no es alabar, es necesidad.

Uno de los capítulos más polémicos que ha protagonizado este curioso modo de ver la historia fue en 2014, con la construcción de un monumento que simbolizaba la invasión nazi de Hungría. ¡Un monumento a los nazis! Que traigan huevos, banderas arcoíris y estrelladas, derribémoslo al grito de fascistas. Ah no, perdón Miss España Colau. La realidad sorprendentemente es otra muy distinta, nadie puso en duda que el monumento fuese indignante o de alabanza al nazismo, sino su rigor histórico. Sí, sí, vamos, que estaban de acuerdo en que se hiciese pero que se hiciera bien. Al parecer el escultor y los ideólogos del monumento caracterizaron a Hungría a modo de víctima, siendo atacada por el águila nacionalsocialista. Los colectivos de víctimas reclamaban en cambio una mayor autocrítica por la alianza del entonces gobierno húngaro con el tercer Reich y destacan a su vez que la simbología es errónea y torticera. Víctimas que piden rigor en lugar de amnesia y caridad. Pues bien, la explicación de las víctimas y su adaptación al monumento cuelga ahora frente. Uno, como visitante, puede leer las dos partes y así recodar de nuevo la lección 1, que la historia no es “buena” ni “mala”, sino que es eso, historia.

 

Fotos: propias
Comic: Freddy Lombard, Vacaciones en Budapest

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