Meritocracia y otras calamidades

  • Tenemos que identificar lo que es cuidar de un hijo y lo que es malcriarlo.

  • Lo que queremos no nos llega solo, hay que luchar por ello.

  • Que la constancia y la lucha sea una virtud.

En el afán humano de encasillar todo lo que nos rodea, llegamos a hacerlo hasta con la fecha de nacimiento. Y no, no me refiero al horóscopo. Me refiero al etiquetado de las generaciones. En concreto a la última de ellas, la posterior a los “millenials”. Hace poco que se ha estado hablando, con bastante ruido, la posibilidad de que los padres estén educando de forma poco adecuada a sus hijos, convirtiéndoles en la generación “blandita”. Una generación sin capacidad de valerse por sí mismos, con un exceso paternalista y con la necesidad de conseguir todo sin esfuerzo. Lo que toda la vida se ha llamado un niño mimado.

Por otra parte, el sistema educativo va de reforma en reforma, donde los cambios más relevantes son ideológicos. El método obsoleto de memorizar sigue vigente, y probablemente seguirá. Y la cantidad de contenidos disminuye, con la consiguiente disminución de la exigencia. Estos dos últimos puntos son los que me interesan para el tema que trato.

En los dos párrafos anteriores existe un fallo de método y una consecuencia para las generaciones venideras y, por lo tanto, para la sociedad. El método erróneo es la sobreprotección, el no exponer al niño, para evitar dañarlo. Y la consecuencia es, el guarrazo que se lleva ya siendo adulto, cuando llega al mundo real (si es que llega) y nada es como le habían enseñado.

No me malinterpreten, no quiero reinstaurar el servicio militar obligatorio – aunque a alguno no le vendría mal. Pero tenemos que identificar lo que es cuidar de un hijo y lo que es malcriarlo. Cuando le enseñamos a un niño lo que está bien y lo que está mal, y enseñarle a ser consecuente cuando se hace algo mal, lo estamos educando; cuando le damos todo lo que pide, aunque se haya peleado con un compañero de clase, aunque no haya aprobado ni el recreo, todo por no causarle un trauma al muchacho, lo estamos malcriando. Lo mismo ocurre con la educación en las aulas. Si el método de enseñanza es malo de base, quitando contenidos y siendo menos exigente, lo único que se consigue es empeorar (si es que se puede) la calidad de la educación.

A estas alturas de artículo, si me conocen, ya habrán dicho: “¿¡Pero de que está hablando, si no tiene hijos!?”. Y es cierto, pero soy previsor. En cierto modo, es un mensaje a mi yo del futuro, con intención de darme un consejo en esos momentos en los que me quedará poca paciencia, por la famosa carencia de horas de sueño cuando se tiene un churumbel. Pero volvamos al hilo.

Como es habitual cuando me quejo, suelo intentar dar alguna solución. Hay varias de vital importancia, porque para mi, las premisas fundamentales en este asunto, es enseñar desde pequeños, que lo que queremos no nos llega solo, hay que luchar por ello. Que no todo siempre va a ser bueno, aunque tampoco hay que buscar y recrearse en el dolor. Que hay objetivos, que requieren tiempo y sacrificio, que caerás varias veces, y te levantarás otras tantas, pero al final habrá merecido la pena. Y como todo lo que he dicho, el proceso de educación no iba a ser menor.

Todo lo anterior, aunque haya sido contando desde un punto de vista que puede sonar ligeramente sentimental, forma parte de la preparación necesaria que cualquier individuo debe poseer para vivir una sociedad madura y basada en la meritocracia. Una sociedad que sea justa y se premie el esfuerzo de quien trabaja. Que la constancia y la lucha sea una virtud.

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