Miguel Ángel

Los comienzos del verano de 1997 los pasaba yo en mi pueblo, tan ajeno a la realidad como lo puede estar un niño que por entonces tenía solamente seis años. Acababa de terminar preescolar y me deparaba lo que, supongo, era todo un reto para alguien de tan corta edad: empezar en Septiembre el “cole de mayores”.

Siendo sinceros, apenas me quedan recuerdos de ese año 1997. Pasar las tardes en el comedor de mi abuela, el “cállate, cállate, que me desesperas” de Quico en el Chavo del 8, la sintonía de En Busca de Carmen Sandiego… todo lo demás se ha desdibujado con el paso de estos 20 años.

Por eso mismo tuve que preguntarle a mi madre, hace poco, si una imagen que se me viene a la cabeza de esos días era real o fruto de mi imaginación: crespones negros. Crespones negros fijados en el pecho de camisetas y crespones negros pintados sobre papel, puestos sobre las cristaleras de los comercios. Mi madre me confirmó que no eran imaginaciones mías, aquello había sido real.

El doce de Julio de 1997, tras dos días de secuestro y chantaje, Miguel Ángel Blanco era asesinado de dos tiros en la cabeza por el etarra Txapote, en un descampado de Lasarte-Oria, Guipúzcoa, y España entera clamó más alto que nunca contra la barbarie de la banda criminal de izquierda independentista vasca. Durante los días de secuestro se sucedieron por todo el país las manifestaciones en contra del chantaje y pidiendo su liberación. Tras conocer el terrible final, el dolor caló más hondo que nunca y los crespones negros llenaban cada rincón, como la cristalera del comercio de mi madre. Caló tan hondo que un niño, que por entonces apenas acababa de cumplir los seis años, sólo recuerda de esa época al Chavo del 8, a Carmen Sandiego y los crespones negros.

En total, ETA asesinó a trece personas durante ese mismo año, más otras cinco en 1998, antes de la tregua de un año que rompieron con el coche bomba que mató a Pedro Antonio Blanco en enero del 2000. Todas esas muertes fueron, como tantas otras previas y las que aún quedaban por venir, una enorme tragedia, pero el secuestro y posterior asesinato a sangre fría de Miguel Ángel Blanco marcaron un antes y un después en la sociedad española. El “espíritu de Ermua” que surgió de aquel terrible acontecimiento unió en un solo grito de repulsa contra los etarras a la inmensa mayoría de ciudadanos españoles y consiguió que muchos sectores, que habían permanecido de perfil hasta entonces, abrieran los ojos ante la barbarie. El rechazo llegó incluso desde donde nunca antes había llegado: parte de la izquierda abertzale, colaboradora necesaria de toda la actividad de la banda, sintió la misma pena y el mismo asco que el resto de todos nosotros.

Hoy, 20 años después, España ha pasado una de las páginas más negras de su historia pero, tras el bochornoso espectáculo de Bayona y vistos todos aquellos personajes que ahora pueblan nuestras instituciones evitando condenar la actividad de la banda terrorista y manteniendo el triste discurso de “los dos bandos” o “las víctimas de ambos lados”, podemos preguntarnos si de verdad se ha hecho justicia.

A día de hoy, Txapote, el asesino ejecutor, permanece en primer grado en la prisión de Huelva, cumplirá su condena en 2059, pero ya hemos visto como una de sus compañeras, la Tigresa, salía de la cárcel tras 23 años pese a haber recibido condena por 2000. Los casi 20 asesinatos en los que participó se han visto saldados con poco más de un año de cárcel cada uno, gracias a las múltiples vías de “reinserción” de presos a las que se ha acogido durante todo este tiempo. Txapote salió de permiso hace pocos meses para visitar a su padre, enfermo. Al final, el “estado opresor” siempre es más benevolente y humano que aquellos a los que supuestamente oprime.

Desde Vladivostok, nuestro recuerdo a Miguel Ángel y el cariño a su familia.

Foto: ABC

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