Nacionalismos o Irranacionalistas

El nacionalismo es hambre de poder atemperada por el autoengaño”. Esta podría ser una frase contemporánea, aplicada a muchos focos de tensión que existen en la actualidad; sin embargo, es una frase sacada de las “Anotaciones sobre el nacionalismo” de George Orwell, en 1945, hace 70 años. La crisis actual, tanto económica como de valores, no ha hecho más que generar el caldo de cultivo idóneo para que políticos con ansias de reconocimiento aviven el fervor nacionalista. Incapaces de llevar a cabo políticas regeneracionistas recurren a ideales etéreos y efímeros para movilizar a las masas. Retomar agravios del pasado para justificarse en el presente, o en palabras de Kedourie: “utilizar el pasado para subvertir el presente”.

Esa es la política que se está llevando a cabo en Cataluña, que se ha llevado a cabo en Escocia hasta la victoria del “No” y la que se llevó en Quebec, Canadá. La realidad de la situación en Cataluña, por ser la más cercana, se puede medir perfectamente en cifras: es la CC.AA más endeudada, más de 64.000 millones de euros y ha caído la inversión extranjera un 15%, hasta los 2.900 millones de euros (Madrid en cambio sube un 0,65, hasta los 8.700). Mientras tanto continúa (o lo intenta) con la creación de estructuras de estado, Hacienda propia, Embajadas, Servicio de Inteligencia, incluso Ejército. Por supuesto, todo dentro de sus posibilidades. Posibilidades que requieren la ayuda del Fondo de Liquidez Autonómico (25.000 millones desde su creación en 2012). Dinero de todos para las pretensiones de algunos.

Década de los 60-70. Montreal atraviesa una época de gran bonanza económica además de estar de relevancia en el panorama internacional. Acogería la Exposición Universal de 1967 y los Juegos Olímpicos de 1976. Estos acontecimientos, sumados a las previsiones de crecimiento demográfico y a la burbuja inmobiliaria (representada perfectamente con el aeropuerto de Mirabel), supusieron la chispa que hizo prender la llama nacionalista. Según algunos autores dentro de los factores que avivan el nacionalismo son dos principalmente: la cultura (en esta ocasión la lengua) y la existencia de dos centros de gravedad diferenciados geográficamente, el político y económico (en el caso catalán, una de las regiones más ricas e industrializadas que compite con el poder central de Madrid). Montreal, por tanto, aspiraba a ser el motor económico y demográfico al más puro estilo Detroit. Fue entonces cuando las pretensiones nacionalistas crecieron. Incluso gobernaron la región. Impusieron el francés bajo protección legal, diferenciaban escuelas de habla inglesa de las de habla francesa, obligaban a las empresas a etiquetar en francés, en definitiva, excluyeron. Décadas después, Montreal no cumplió ninguna de sus expectativas, perdió su atractivo internacional, se redujo la inversión extrajera por las trabas lingüísticas y dejó de lado la multiculturalidad que la caracterizaba en detrimento de Toronto. Poco queda ya de ese Montreal motor de la economía canadiense, apenas el gigante de las pensiones Caisse de dépôt et placement du Quebec y un sinfín de carteles “à louer”.

En el caso escocés, también existe diferenciación, aunque no lingüística, sí cultural, entre otras cosas, porque Escocia fue independiente hasta 1707 . Contemporáneamente al nacionalismo Quebecqués, renace el nacionalismo escocés. Es en las décadas de los 60 y 70, coincidiendo, casualmente, con el descubrimiento de petróleo en el Mar del Norte. Motivación suficiente para presionar al gobierno central a cambio de más autonomía. El resultado: un referéndum en 2014 que resultó, por la mínima, contrario a la independencia, y que, al igual que en Montreal, solo provocará una brecha difícilmente reparable en la sociedad.

Es insano. En una sociedad, sobre todo la europea, que tiende a una mayor unión y a la eliminación de barreras, resulta sorprendente que tengan una presencia tan marcada los nacionalismos excluyentes. Éstos demuestran la incapacidad de los gobernantes, expertos en ocultar bajo una fachada sentimentalista sus ansías de poder, capaces de emprender una huida hacia adelante por grotescos que sean sus argumentos. ¿Le pasará también factura a Cataluña y Escocia? ¿Alguien quiere una Cataluña decadente? ¿Alguien imagina una Barcelona que no sea la cosmopolita ciudad condal de la actualidad?  No debemos consentir que el “éxito” de los nacionalistos conlleve unos daños colaterales irreparables tanto económica como socialmente. Como dijo Fernando Savater: “El nacionalismo tiene un origen traumático y comporta agresividad, narcisismo y delirio persecutorio”. Al menos a Montreal la queda Mirabel, quizá consigan después de todo su “Detroit á la Canadienne”. ¡Qué irranacionalistas!

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