Obsolescencia

En Europa, los partidos socialdemócratas acumulan batacazos electorales a medida que se suceden las citas electorales y los conservadores ceden terreno. Ni unos ni otros participaron en las presidenciales francesas que estuvieron protagonizadas por dos propuestas verdaderamente diferentes. Hoy, los partidos socialdemócratas europeos y conservadores se parecen demasiado. Han gobernado a turnos hasta 2008 y representan la vieja política, hoy inoperante frente a los retos nuevos que se presentan. Los partidos socialdemócratas están siendo los primeros en caer.

La casa común del Estado del Bienestar, forjado décadas atrás por líderes como Olof Palme, Mitterand, González, Helmut Smith, y otros, observa hoy como el PSF obtiene un 6% de votos en las elecciones a la presidencia francesa, la desaparición del PASOK en Grecia, los paupérrimos resultados en Islandia o Países Bajos, con porcentajes en torno al 5%. También asistimos con sorpresa a la alegre celebración del PSOE en España y del partido Laborista en Gran Bretaña por obtener los peores resultados de su historia. Con el stablishment al mando, capitaneados por un sistema político opaco, cerrado, poco participativo, aunque democrático, en definitiva, con las propuestas de la vieja clase política, el mundo ha estado a punto de un crack económico global, los países occidentales se han empobrecido y la globalización, Internet y, en definitiva, el mundo ha cambiado mucho sin que ellos lo hayan entendido todavía. Surgen nuevas propuestas atractivas para grandes sectores sociales.

Desde finales de los 80 las diferencias en las recetas económicas a aplicar comienzan a converger entre los clásicos partidos socialdemócratas y conservadores. Unos aceptan el Estado del Bienestar como propio, los otros se acercan (y materializan cuando gobiernan) postulados de apertura económica como la privatización de empresas, los tratados de libre comercio, y otras medidas económicas menos socialdemócratas, más liberales. El mundo converge hacia una estandarización a todos los niveles, también político. La vieja política aúna a ambos lados, los términos “derecha” e “izquierda” pierden especificidad suficiente, casi son lo mismo.

Los derechos sociales y civiles (feminismo, igualdad LGTBi, etc.), son cada vez más, aceptados unánimemente. Tampoco existe una diferencia en cuanto a mayor honorabilidad o ética de unos y otros, la corrupción no conoce ideología.

Los partidos conservadores y los socialdemócratas con responsabilidad de gobierno han actuado de manera muy parecida, aplicando “las medidas económicas y sociales”. Todos las mismas, obligados por Alemania. Austeridad, recorte del gasto público, y derechos sociales y laborales. Soluciones obligadas por el mercado financiero que atentan contra el ADN socialdemócrata mismo. Zapatero y Alexis Tsipras han hecho exactamente lo mismo que conservadores como Sarkozy, etc. Muchos de los postulados socialdemócratas ya instalados en las leyes que conforman el estilo europeo, no han sido útiles y pese a ellos, la crisis se ha ensañado con sus votantes la clase media y trabajadora hoy está peor que ayer y quizá hoy mejor que mañana.

La crisis de deuda pública y el aumento de la prima de riesgo en la mayoría de países generó un nuevo dogma económico: la contención del gasto o el abismo, la intervención, los hombres de negro, el peor entorno social y económico para los partidos de centro izquierda moderada. Valga indicar en este sentido que Zapatero recortó el gasto, subió el IVA, etc. justo lo que no desearía hacer. Un suicidio político ya sabido que no pudo evitar a sí mismo ni a su partido.

El hastío hacia un sistema poco participativo ni transparente, muy correcto políticamente pero que se demuestra ineficaz para frenar la corrupción, nada abierto a permitir la entrada de nuevas propuestas e inútil para ofrecer soluciones al golpe económico sufrido por la clase media y trabajadora en occidente genera una fuerte reacción social en occidente.

El progresivo aumento de las políticas de libertad de movimiento de capitales y desregulación mundial ha ido produciendo un trasvase de riqueza desde la clase media y trabajadora de los países occidentales a las que surgen ex novo en los emergentes, como señala acertadamente Luis Garicano en su artículo “El cuello de elefante”.  Estas políticas, genera riqueza a nivel mundial en promedio, pero traen consigo reajustes de esa misma riqueza entre los distintos estados y desigualdades si no se acompaña de otras medidas adicionales.

Tampoco la vieja fórmula dual conservadores-socialdemócratas nos ofrece soluciones a la introducción de la digitalización y la robótica en nuestras vidas, o a los retos que esta revolución va a suponer en el mercado laboral, en la economía, en nuestro día a día, en definitiva. No es capaz de aportar propuestas frescas, atrevidas, modernas ni generar un impulso positivo. Están inertes, paralizados por la inercia y el peso de la historia, saben que todo cambia alrededor, pero creen que todo seguirá igual en su sistema político controlado. Aburren a muchos, la participación cae y hasta 2008 y siguientes, todos estábamos resignados a votar tapándonos las narices. Ambos manchados de corrupción sin que uno frene al otro porque ambos están embarrados.

En este momento histórico surgen dos caminos nuevos y opuestos que fundamentalmente se alinean en base a la opción de aislarse y encerrarse en sí mismos, o participar a nivel global. Por un lado, el populismo y por otro el liberalismo social o progresista. Muchos de los votantes de Le Pen provienen del voto a los socialistas y comunistas. El triunfo del Brexit, Trump, o el surgimiento de Podemos en España y Tziriza o Amanecer Dorado en Grecia son fruto del cansancio de un sistema que en occidente ha conseguido sumir a las siguientes generaciones en una mayor pobreza y falta de derechos laborales que la de sus padres.

La alternativa a este movimiento aislacionista y regresivo que significa el populismo es el liberalismo progresista que representan Trudeau en Canadá, Macron en Francia o Albert Rivera en España. Valores que aúnan diferentes elementos considerados de izquierdas como otros, de derechas pero útiles conjugándolos sin dogmatismos con el único fin de adaptarse a los tiempos y para conseguir un mayor bienestar común y un régimen de libertad individual avanzado en lo progresista (aborto, feminismo, gestación subrogada, eutanasia, legalización de la marihuana, etc.).  En mi opinión, el reto de este movimiento global de racionalidad es por un lado adaptar la velocidad de normas desregulatorias para que no se den traumas de unas economías nacionales en beneficio de otras, y el de conjugar las normas económicas de movimiento de capitales con un mayor acento en esos tratados a escala mundial de  exigencias de igualdad o equiparación progresiva de derechos sociales y laborales entre los países emergentes y los occidentales.

La despolitización de la Justicia, la justicia social, la igualdad de oportunidades, el fomento al emprendimiento y el apoyo a los autónomos, la independencia real de los órganos arbítrales de los Estados, y la falta de complejos a la hora de afrontar los retos de la globalización y la digitalización, hacen que este espacio ideológico sea ese punto de encuentro en el que pueden trabajar no solo antiguos votantes de esos viejos partidos que se están quedando atrás, sino ciudadanos que, hastiados, no votaban a nadie pero que, desde su experiencia profesional, quieren aportar su esfuerzo al desarrollo del país. Menos mal, bienvenidos.


Daniel Cueto: Emprendedor, abogado de formación, MBA y políglota, ciudadano viajado, dedicado a asesorar empresas y coach, ayudando a la gente a cambiar y crecer. Disfrutando de la vida.

Foto: Maciej Bliziński

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.