Odiar sin eufemismos

Nuestra tricentenaria Real Academia de la Lengua Española, más conocida como RAE, define la palabra odio como la antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal desea. Una única definición clara y tajante, sin ambigüedades que den lugar a interpretaciones. Esas que tanto nos gusta crear, formar e imponer. No obstante, el odio ya sea de forma implícita o explícita, es negativo. Siento decepcionaros.

Sin embargo, a pesar de su denotación puramente negativa, el odio puede manifestarse de diversas maneras. Puede nombrar, calificar y suceder. Y es que este sentimiento posee la capacidad de ser nombre, adjetivo y verbo. Odio, odioso/a y odiar. Hay incluso quien decide usarlo como adverbio de modo y modificar así el significado de la palabra a la que precede. “Odiosamente divertido” que generalmente suele connotar de forma positiva, en su sentido literal expresa que tu capacidad para divertir es tan sublime que merece aversión. Así es él. Incluso cuando parece un halago, no es más que un piropo enemigo. Exactamente igual que el concepto de envidia sana. Una pretensión positiva por el simple hecho de gozar de la compañía de “salud”. Segunda decepción. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

El ser humano odia. Odia en todas las personas. Odio yo, odias tú, odiáis vosotros, odiamos todos. Cierto es que este sentimiento quizá no se caracterice por su bondad infinita, pero ¿quién no ha odiado algunas cuantas veces? Porque ay amigos, si algo en común tienen el amor y el odio es que son irracionales e inexplicables. No se piensan, se sienten. ¡Chachaaaán! A veces ocurre que este odio, del mismo modo que acontece con la opinión, intenta imponerse. Y es que odiar en soledad debe suponer una inmensa carga. Por ello, esa aberración personal sufre un proceso de transformación al más puro estilo Tu Cara Me Suena, y se convierte en discurso. Sin embargo, a pesar de la labor extraordinaria de maquillaje, vestuario, peluquería, elocuencia, retórica y oratoria; lo cierto es que continúa deseándose el mal de manera exacerbada. Oh, vaya. ¡Pillados!

Entonces, una vez descubierto el truco del discurso, se apela a la libertad de expresión. Se acoge a ella sodomizándola, y se escuchan una serie de palabras como censura, coartación de los derechos fundamentales, dictadura. Se entra en un chantaje dialéctico donde “a ver quién puede más” parece la mula que tira del carro. Un carro siempre conducido por la aversión, la aberración, el odio. Que por mucho que intente esconderse, jamás abandonó el liderazgo, y fue el motivo único y final.

Nadie dejará de sentir, ni opinar ni interpretar su alrededor. De hecho, posee libertad absoluta para hacerlo. ¿Por qué disfrazar entonces un sentimiento u opinión bajo otro aspecto? Odiad. Odiad de verdad, abiertamente. Odiadme a mí si os viene en gana pero no se os ocurra usar ningún tipo de eufemismo. Odiar significa odiar.

Foto:fedewild

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