Post-verdaderamente idiotas

  • Yo no sé vosotros, pero creo que ya existía una palabra para ello, y era mentira.

  • La oficialización de este vocablo es un paso más en el afianzamiento de la degradación de nuestra civilización.

  • Es la sociedad la que da el maquillaje de legitimidad a la mentira.

Desgraciadamente, el diccionario de Oxford ha declarado como palabra del año, y ha procedido a incluirla entre sus páginas, el término “post-truth”, que tendría como traducción literal al castellano post-verdad o posverdad. ¿Y qué es, para Oxford, la post-verdad? Pues son aquellas afirmaciones en las que los propios hechos y la veracidad de estos carecen de relevancia y lo que prevalece son las emociones que suscitan en los individuos. Yo no sé vosotros, pero creo que ya existía una palabra para ello, y era mentira. Porque la post-verdad es básicamente eso, una mentira contada de manera que consiga remover parte del ser de algún grupo concreto de personas.

Comenzaba el artículo diciendo que este término ha sido catalogado por Oxford como la palabra del año, “desgraciadamente”. Y es que, lejos de ser una buena noticia, la realidad es que la oficialización de este vocablo es un paso más en el afianzamiento de la degradación de nuestra civilización. Significa claudicar ante los abanderados del “todo vale”, diluyendo la pena moral de la manipulación y de “el fin justifica los medios”.

Y no, la culpa no es de Oxford por incluir la expresión en sus páginas. Porque, ante todo, un diccionario es la representación fiel del uso de un idioma entre sus hablantes (recordemos las infames cocretas, almóndigas o amigovio). Tendremos que ser, nosotros, la sociedad, aquellos que carguemos sobre nuestros hombros el peso de la culpa por haber permitido la normalización del populismo y la persecución de la claridad.

Nunca antes se habían perseguido de esta manera a aquellos que se limitan a aportar datos. Los hechos reales, normalmente plasmados en cifras, se encuentran actualmente en la picota del escarnio público, siendo juzgados y derribados con simples historias sensibleras y para nada representativas, a la primera de cambio.

Y los máximos representantes de este viaje a los infiernos de la decencia humana son, en la mayoría de los casos, aquellos que deberían servir de ejemplo a pequeños y grandes: los políticos. Cómo vamos a creer en la palabra de nadie, recordando, por ejemplo, las idas y venidas electorales de Valeria y Juana de la mano del denostado Sánchez, o aquello de que ganar dinero con la compra-venta de un inmueble no es un beneficio sino que es simplemente “una diferencia entre el precio de compra y el precio de venta”.

Y el problema más grave es que, lejos de desprestigiar a aquellos que mienten como bellacos usan la post-verdad con el único fin de ganar adeptos, nosotros, la civilización occidental, aquellos que nos vanagloriamos como ejemplo para el mundo y como guardianes de la moral, les premiamos. Y es algo que, de momento, vemos claramente en las victorias del Brexit y Trump. Hemos visto a Farage reconocer públicamente que mintieron en la campaña pro-leave con la cantidad de libras que abona UK a la Unión Europea, y que, según UKIP, pretendían destinar a sanidad. También al equipo de Trump utilizar webs de noticias falsas para viralizar calumnias sobre los demócratas. ¿Consecuencias? Ninguna. El Brexit sigue hacia delante y Trump es hoy presidente electo.

La inclusión de la post-verdad en el diccionario es el epílogo de una batalla que se ha saldado con la derrota de los dignos y con la victoria de aquellos que, sin escrúpulos, mienten y embarran para alcanzar sus metas. Porque a partir de ahora ya no serán unos mentirosos, simplemente estarán utilizando legítimamente la post-verdad. Porque nosotros les dejamos. Porque es la sociedad la que da el maquillaje de legitimidad a la mentira. Seguimos siendo una sociedad infantilizada que prefiere escuchar aquello que le interesa antes que la pura verdad. Somos post-verdaderamente idiotas.


Imagen: House of Cards

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