¿Qué pasa cuando se ‘liman las perezas’?

  • Somos millennials y algo víctimas del marketing.

  • Del empeño que se ha puesto en limar las perezas, Borges es hoy, para muchos, un aceite de oliva.

  • Otros, directamente, limaron a seis millones de personas de una sociedad.

 

Domingo, doce y media del mediodía. Me dirijo a tomar un cosmopolita brunch en Travesía del Conde Duque, lugar de la ciudad española que menos duerme. No llueve, orpina; y se agradece. Llego al local sin metálico ni expectativas, sin demasiado apetito ni lucidez. Es domingo y me lo perdono. También me lo perdonan mis amigos. La conversación transcurre amena entre dulces, tés y un curioso pà amb tomàquet españolizado – por Wert, quizá. No somos muchos; de hecho, solo somos tres. Pero el nivel es transversal, el local está envejecido a propósito, hay swing de fondo y doce grados y poco más de temperatura exterior. Ya llega el invierno.

Estamos tranquilos porque el mundo ya lo arreglamos ayer noche. Pagamos la cuenta, como también pagamos nuestros tributos de tramo inferior. Cogemos dos paraguas y un sombrero, y sacamos a seis piernas a pasear; Princesa aguarda con audaces descuentos. Somos millennials y algo víctimas del marketing y, como tales: consumimos. Ojerosos, nos despedimos todos de todos antes de que el reloj marque las cuatro y media de la tarde. Vuelvo sobre mis pasos; sobre mis raíles. Y, esperando los 15 domingueros minutos en el andén, escucho el diálogo que daría sentido a una realidad universal.

– (Madre)         No me apetece hablar de eso ahora, no es el momento.

– (Padre)         ¿Vamos a ir todo el camino callados hasta casa?

– (Madre)          … no me parece mala idea.

– (Padre)         … venga, no seas así, ¡tenemos que limar las perezas!   

– (Hijo) Limar las perezas.

 

¡Ahí estaba! El causante de todos los males escondiéndose en una conversación del andén de Argüelles.

Sin oposición, vino a mi mente de inmediato el ‘Perdón imposible, que cumpla su condena’ de Carlos V, virtuosamente rectificado a tiempo por el propio monarca quedando en ‘Perdón, imposible que cumpla su condena’. Pensé, también, en Lord Kelvin, concretamente en cuándo afirmó que se acabaría demostrando que los Rayos X no valen para nada. Proyecté en mi mente todas aquellas personas que llevan puesta una camiseta con la cara del Guerrillero Heroico estampada en el frontal de la misma; y también en quienes llevan un pañuelo palestino al cuello. No me olvidé de pensar en quién garantizó subir el salario mínimo a dos mil euros mensuales – en este nuestro país de complejos y acomplejados -, sin mencionar el concepto inflación; tampoco olvidé pensar en quienes le creyeron. Imaginé cómo sería el rostro del adelantado a su tiempo, al que se le ocurriera ofrecer, como paquete financiero innovador, hipotecas subprime. Me concentré en la LOMCE y la LOGSE, y me compadecí de Larra y Borges. Visualicé en mi mente las costas de Lampedusa, a un tal Monedero y a un tal Gutiérrez falsificando sus currículos y la lista de ‘artistas degenerados’ en la que los nazis incluyeron a Vincent van Gogh. Me dio miedo la voz del hijo repitiendo como un loro ‘limar las perezas’.

Lo que sucede cuando se liman las perezas es que un mal escribano puede poner a prueba el estatus regio; que ilustrados se ensimismen, quedando reducidos a la pura necedad de la negación del avance. De limar las perezas,  nace el olvido de quienes portan ropas teñidas de sangre Ché. Nacen encantadores de serpientes que hacen resonar sus cascabeles en el hueco de las brechas más oscuras de la sociedad, lugar donde, de la tenue luz de un mechero de ultramarinos, es capaz de emerger ilusión. Por limar las perezas, perdimos el sentido de grandeza y de responsabilidad; se extravió toda ética en la cinta giratoria que llevaría a un rebosante bolsillo de pantalón. Del empeño que se ha puesto en limar las perezas, Borges es hoy, para muchos, un aceite de oliva. Quienes liman las perezas están preocupados por la falta de decoro en las playas paraíso, porque en ellas hay exceso de botellas de plástico y zapatos de niños. Hay quienes, además de limar las perezas, liman también su carta de presentación ofreciendo una silueta más conveniente; y de tanto limar, limaron hasta su honor. Otros, directamente, limaron a seis millones de personas de una sociedad; no sin antes confiscar sus propiedades artísticas – por muy extravagantes que aquellas fueran. Lo que pasa al limar las perezas, es que generaciones futuras también las acaban limando.

Sin oposición, comprendí qué sucede cuando el ser humano deja de limar asperezas.

 


Foto: Hernán Piñera

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