Resiliencia

No hace mucho, no muy lejos: “El problema de entonces no fue el rechazo de aquellos que se declararon enemigos, sino la connivencia con esa situación de los que consideraba amigos”. Así de dura se muestra una superviviente de Auschwitz con el contexto social que hizo posible que el fascismo triunfara y el Holocausto judío tuviera lugar. La sociedad sucumbió entonces, pasiva, a esas corrientes populistas. La propaganda venció a la razón, el lobo se impuso al hombre.

Un par de generaciones después estamos ante una nueva ola de nacionalismos que asola una Europa envejecida y vulnerable, atrapada entre el buenismo y sus complejos. En un contexto social de hastío político y crisis en múltiples ámbitos, un lenguaje directo y pasional consigue calar en una población necesitada de nuevos referentes. Si a eso le sumamos un uso inteligente de las nuevas herramientas de comunicación como son las redes sociales, donde además la desinformación y las fakes news como nueva forma de propaganda abundan, et voilà, ya tienes los resultados electorales de los últimos años. El precio del voto en mínimos de crítica intelectual.

Mientras que hace décadas fue la rivalidad entre Francia y Alemania la que nos llevó al peor conflicto bélico vivido, a día de hoy es el eje franco-alemán el que genera el rechazo en sus vecinos, sobre todo durante la crisis económica. Nuevas alianzas surgen en el seno de la UE con un marcado carácter euroescéptico y anti-inmigración que pone en jaque a las instituciones y al propio equilibrio de las familias políticas tradicionales incapaces de prever y enfrentar este nuevo lenguaje político. El grupo Visegrad, la sintonía entre Viktor Orbán y Matteo Salvini o las conexiones entre otros líderes de ultraderecha como Le Pen, Wilders o el reciente ‘ganador’ sueco Åkesson, son una amenaza directa y sobre todo, presente, al modelo de convivencia europeo. No son pocos los países que se han escudado en la religión para esconder intenciones racistas y xenófobas, pero han tenido que pasar años para que los democristianos del Partido Popular Europeo planten cara al intento de Viktor Orban (dentro también del EPP) de crear una democracia cristiana en Hungría. Creen que obviando un problema, o ninguneandolo en los medios tradicionales, éste desaparece. No entienden que la batalla por el relato se juega en otra liga.

La falta de debate publico sobre las problemáticas que puede conllevar una inmigración masiva y descontrolada por miedo a estigmatizaciones, le otorga el monopolio discursivo a la extrema derecha. Se consigue de esta forma una manipulación y magnificación interesada de la realidad. Los datos que arrojaba POLITICO sobre la relación entre la percepción del porcentaje de inmigrantes y la cifra real es un ejemplo muy clarificador:

Fuente: POLITICO, Eurobarometro

 

Si escogemos otro de sus temas fetiche, el euroescepticismo, la situación respecto a la inmigración es parecida. El protagonismo de la Unión Europea en los debates políticos ha sido tradicionalmente insignificante. Un chivo expiatorio sobre el que cargar la culpabilidad a una época de austeridad muy dura en algunos países. Y no sin cierta razón. Es por ello que la UE desapareció completamente del debate político, incluso en época electoral y si tenía cabida, nunca era en tono positivo. De esta forma, al igual que con la inmigración, el discurso ha sido siempre unidireccional, de culpabilidad y rechazo ante unas instituciones elitistas y alejadas de la realidad en el imaginario colectivo. De nuevo los partidos de corte euroescéptico volvían a ganar el debate por incomparecencia del contrario. Es necesario esperar al debate sobre el estado de la Unión para escuchar una defensa férrea de nuestros valores fundacionales. That’s all folks. Hasta el año que viene.

¿Y nuestro papel? En unos casos asistimos como meros espectadores a la continua evolución de estas corrientes que atentan contra lo más profundo de nuestra forma de entender una sociedad: la convivencia. En otros, sucumbimos al contexto económico y político y aceptamos las proclamas vacías y estériles de estos movimientos. El penúltimo ejemplo ha sido este domingo en Suecia. La pregunta es ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar? La resiliencia es la capacidad que tenemos de sobreponernos a situaciones adversas ya sea como individuos o como sociedad. Pero lo segundo no existirá nunca sin lo primero. Y ya vamos tarde.

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