Silencio cómplice

No se había recuperado el mundo todavía del shock de los ataques en el concierto de Ariana Grande cuando, mientras todos miraban hacia Cardiff, varios terroristas atropellaron y acuchillaron sin piedad en Londres a decenas de personas, dejando siete muertos y multitud de heridos. Un nuevo atentado con el que entramos en un inquietante estado de normalidad, en el que el impacto que nos producen estas agresiones cada vez es menor, a la vez que se suceden con mayor frecuencia.

Después de cada incidente, la sociedad actúa ex post de maneras muy diferentes. Desde el relato buenista de blanqueo al terrorista y endofobia auto-culpante, de los sectores más a la izquierda de la izquierda, hasta el aprovechamiento político por parte de los sectores más reaccionarios e identitarios de la sociedad (los HSM o Lepenes de turno) que usan los ataques para poner el punto de mira en las fronteras, los extranjeros y los refugiados.

Ambos se equivocan.  Ni todos son casos aislados con los que no se puede hacer ninguna pauta, ni la nacionalidad o país de origen de los inmigrantes que puedan llegar al país es el detonante de esta situación. El elefante en la habitación, el verdadero hilo conductor que une a todos los terroristas entre ellos, al Daesh y Al-Qaeda con las primeras organizaciones terroristas islámicas de los años 70, no es otro que su religión: el Islam. Porque, cuando un terrorista suicida se inmola, o atropella a una multitud, o acuchilla, no lo hace en nombre de Oriente Medio, ni de la raza árabe, ni de Siria, lo hace en nombre de Alá. Y lo mismo lo puede hacer una persona recién llegada de Siria, que un hijo o nieto de inmigrantes totalmente asentado en la sociedad occidental, o que un caucásico converso y radicalizado.

El principal objetivo del terrorismo islámico desde sus inicios, en la década de los 70, ha sido siempre el mismo: imponer mediante el miedo su religión, su ideología y su estilo de vida. Porque, a diferencia de otras religiones como el catolicismo o el protestantismo, el Islam no ha sabido evolucionar hasta desligarse de la vida pública, no es capaz de convivir con el laicismo, es en sí mismo una ideología política y, como podemos ver en las múltiples teocracias islámicas, no renuncia al control absoluto de la sociedad. Esta semana hemos podido ver, en un reportaje de Enric González para El Mundo, como ya hay barrios en Francia donde se impone como regla consuetudinaria la Sharia, y se violenta a aquellos que se salen de esas normas.

El continuo silencio de las grandes autoridades de estas dictaduras religiosas, a la vez grandes líderes mundiales del Islam, ante la grave situación en la que tanto el mundo árabe como occidente se encuentran debido al terrorismo yihadista, no hace más que agravar la situación.

Occidente debe exigir la actuación de las grandes figuras del Islam en post de una democratización de esta fe, buscando una necesaria modernización que conlleve a una verdadera separación de religión y estado, como primer paso para acabar con la radicalización Islámica. Las organizaciones internacionales, mediante presión diplomática o incluso sanciones económicas, debería exigir la democratización de estos estados, y el respeto total a la libertad en ellos. Imanes, emires… etc. deben alzar la voz de manera firme contra Daesh y contra toda violencia en nombre de su creencia, si no Occidente debe controlar o incluso prohibir las mezquitas u organizaciones financiadas por estos (donde muchos de los terroristas se han radicalizado).

Mientras se siga considerando al Islam como doctrina a imponer, como ideología política ligada al estado y a la vida pública, no se cortará el flujo de radicalización de algunos de sus fieles. Y la pelota se encuentra en el tejado de los grandes líderes islamistas.

Foto: Bryan McComb

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