¡Son unos ladrones!

“¡Malditos políticos! Son todos iguales, ¡unos ladrones!”, increpa Pepe, mientras entra a su bar de siempre, al ver al político de turno en la pantalla de la televisión. Después de ello, y sin ni siquiera saludar a los demás, pide una caña y comienza un apasionado debate con el resto de parroquianos sobre lo sinvergüenzas que son todos los políticos y, seguramente, sobre las descabelladas soluciones que aplicarían sin piedad.

Seguramente, también, puede que al pagar la cuenta, le devuelvan más de lo que deberían y Pepe, con una sonrisilla pícara, no diga nada y se lo lleve al bolsillo. Quizá, al salir del bar, pase a comprar algo a un “todo a cien” y aproveche para echarse unas pilas al bolsillo cuando el dependiente no mira. Durante esa semana, Pepe ha puesto el suelo nuevo en su casa y la factura la ha pagado, por supuesto, en negro, para pagar un poco menos, que la cosa está muy mal. Y ya, para terminar, ese mes tocaba hacer la declaración de la renta y Pepe, por no saber, o no querer saberlo, ha hecho un par de trampillas a Hacienda. Aquí las más comunes según la Agencia Tributaria.

La historia de Pepe es, claramente, inventada y quizá algo exagerada, pero no creo que a ninguno de los lectores les haya extrañado ninguna de las situaciones planteadas.

Es evidente que la calidad de los representantes políticos en nuestro país no llega al aprobado y los casos de corrupción proliferan como larvas en el cuerpo de un animalillo muerto en el bosque. Pero,  y aquí mi pregunta, de la conjunción “político español”, ¿qué es lo que provoca esa tendencia hacia el delito? ¿El ser político, o el ser español?

Cada vez estoy más convencido que la decadencia de la clase política en nuestro país ha sido resultado de una degeneración general en los valores de la sociedad. Si bien no es algo exclusivo de España, parece ser que ha sido un “estigma” que hemos tenido durante toda nuestra historia. Ya lo representaba perfectamente el Lazarillo de Tormes en el siglo XVI. Parece que la picaresca española nos ha seguido desde entonces hasta la actualidad sin despegarse ni un segundo.

Muchas veces, a esas mismas personas que se quejan de todo lo que se están llevando los políticos, les preguntas si ellos lo harían en su lugar y te respondes que, ¡por supuesto! Porque, como bien decía Miguel Lago en su genial monólogo “Soy un hijoputa” parte de la sociedad no quiere quitar a los políticos corruptos para poner a unos honrados, no. Quieren quitar a los políticos corruptos, ¡para ponerse ellos!

Los políticos españoles roban, sí. Los políticos españoles mienten, también. Pero igual que lo hacen los pescaderos, los parados, los empresarios, los conductores de autobús… y todos en general. Todos lo hacen, aunque cada uno a su nivel y, cuando el político roba o miente, es a una escala mayor, afectando a más personas y con mayor repercusión.

¿Entonces? ¿Qué hacemos? ¿Contemplamos impasibles cómo cada dos por tres se mete mano en la caja del prójimo sin hacer nada porque “está en nuestro ADN”? Yo creo que no. Creo que España puede y debe dar el paso que le acerque a ser una sociedad más honesta, que nuestra generación tiene que dar ejemplo de madurez democrática y social, acercarse al ejemplo que pueden dar Dinamarca, Nueva Zelanda, Finlandia, Canadá… como los países menos corruptos del mundo (Según el índice de percepción de la corrupción publicado por Transparencia Internacional), y, si formamos una sociedad más honrada, conseguiremos tener unos representantes públicos mucho mejores.

Para ello, es pilar fundamental la educación. Y no exclusivamente entendida como lo que se imparte en las aulas, sino que es muy importante la que se da en los hogares. Un buen ejemplo por parte de los padres y una educación con foco en hacer de las nuevas generaciones personas más honestas en sus actos, son condiciones sine qua non para lograr una sociedad y unos representantes más íntegros.

Porque, como dijo Cicerón, “La honradez es siempre digna de elogio, aún cuando no reporte utilidad, ni recompensa, ni provecho”.

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