Tenía miedo a Donald Trump; ahora tengo más miedo de nosotros

  • La gente de bien apoyaba a Hillary. Solo gente turbia y siniestra podía apoyar a Trump.
  • Nuestras ideas están fundamentadas en la absoluta nada.
  • Volver a ser ciudadanos “menores de edad”. No nos interesan el pensamiento o la reflexión, simplemente la acción y reacción inmediatas.
  • Opinar está devaluado. Es como entrar en un pub y explicar por qué no me gusta el keynesianismo. ¿Podría hacerlo? Sin problema. ¿Qué impacto tendría? Ninguno. Hay mucha gente gritando.

Cada vez me interesa menos opinar sobre las cosas. Es decir, opinar está muy bien, es un derecho de cada uno y forma parte de la libertad del individuo. La libre opinión, de hecho, es una de las señas de identidad de la sociedad y los sistemas políticos occidentales. Pero, insisto, cada vez me interesa menos opinar sobre las cosas. Siendo sinceros, ¿a quién le interesa mi opinión? ¿Es lo que yo opino el fruto de un esfuerzo por entender la realidad en la que vivo o, simplemente, se trata de una construcción dialéctica que uso para hablar a los demás de mí mismo y así reclamar mi posición en la sociedad? No es fácil el asunto.

Ahora bien, independientemente de los mecanismos que nos llevan a unos y otros a emitir juicios sobre las cosas, a mí, tras la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, me ha quedado definitivamente claro que la opinión empieza a no servir para nada. Creo que esta era una sensación que ya albergaba en mi interior de alguna forma, por eso iniciaba el artículo confesando que cada vez me atrae menos opinar. Pero después de las presidenciales americanas, de verdad creo profundamente que opinar se ha convertido con demasiada frecuencia en un acto inútil, naif y caprichoso.

Y es que nos toca reconocer que, como sociedad, hemos hecho un ridículo espantoso con todo esto de las elecciones americanas. Especialmente tras comprobar que este señor es ahora el presidente de la nación más poderosa del planeta:

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La gente, la “buena gente”, está indignada: “día triste para el mundo”, “ha ganado el machismo/xenofobia/odio…”, “no entiendo cómo tantos han podido votar…”, “¿pero es que nadie va a pensar en los niños?

O sea, llevábamos meses opinando que lo normal, lo lógico y lo deseable era que Hillary Clinton fuera la presidenta de los EEUU. Y así lo han expresado incansablemente y en todo el mundo: políticos, expertos, aficionados, famosos, medios de comunicación, líderes de opinión… El apoyo a la candidata demócrata ha sido, sin duda, una de las expresiones más unánimes de opinión pública de todos los tiempos, especialmente en Europa. No ha existido debate. Lo responsable era apoyar a Hillary. La gente de bien apoyaba a Hillary. Solo gente turbia y siniestra podía apoyar a Trump.

He aquí el resultado de nuestra opinión: Donald Trump es el presidente.

¿Qué ha pasado?, se pregunta la sociedad “civilizada” Yo no sé lo que ha pasado, pero sí hay dos asuntos sobre los que quiero llamar la atención.

1. La espiral de Silencio

Cuando estudiaba Teoría de la Comunicación, recuerdo perfectamente la famosa “espiral de silencio” de Noelle-Neumann, una teoría que “explica cuál es el efecto del poder de la opinión pública sobre los individuos de una sociedad. El individuo tiene su opinión y su forma muy personal de pensar de acuerdo a factores como educación, cultura o creencias. Pero, ¿qué pasa cuando la opinión pública genera un estándar de acuerdo a opiniones predominantes sobre qué está bien y qué está mal? Los individuos deciden adaptar su forma de pensar o su opinión a lo que la mayoría de las personas piensa de acuerdo al entorno en el que se encuentre. La teoría de la espiral de silencio postula que las personas tienen miedo a ser aisladas del círculo social por no tener la misma opinión, de modo que, a raíz de este temor, surge la idea de adaptarse.”

En estas elecciones hemos vivido un ejemplo paradigmático de los efectos de la espiral de silencio. Todas las encuestas estaban a favor de Hillary. La opinión pública mayoritariamente apoyaba a Hillary. Todo el mundo mostraba desprecio por Trump. Pero llegó la soledad del voto. Y ahí, sin el miedo a ser juzgados, el magnate se ganó la confianza de millones de votantes. Así pasó con el Brexit. Así pasó con el Tratado de Paz de Colombia. El fenómeno no deja de ser llamativo. La opinión mayoritaria en la época de mayor alcance y globalidad de la comunicación está provocando cada vez más rechazo, un rechazo que no se expresa públicamente, pero que sí se interioriza y se expresa silenciosa pero rotundamente.

2. Nuestras ideas están fundamentadas en la absoluta nada

El mecanismo de la espiral de silencio ha quedado más o menos claro. Llegado un punto, y teniendo en cuenta el especial peso de los medios de comunicación, se establece una opinión aceptada mayoritariamente como la opinión “buena”. Y esa aceptación mayoritaria provoca que algunos sientan miedo de verse desplazados en caso de no asumir, pública o incluso privadamente, dicha opinión predominante. Se trata de una relación entre los efectos de la comunicación en las sociedades y la lucha por la “supervivencia social” de los individuos.

Pero en este caso, toda la maquinaria de la opinión pública, ha fallado. En esta ocasión la opinión pública mayoritaria no es que haya silenciado a una minoría con miedo al aislamiento; es que directamente no ha conseguido ser mayoritaria -en tanto en cuanto Trump ha ganado las elecciones- pese a una apariencia de casi total unanimidad.

¿Cómo una opinión pública mayoritaria se convierte en minoritaria? Aquí estaría una de las claves: ¿por qué una opinión pública unánime, que cuenta con el apoyo y la fuerza de los media, líderes de opinión, etc, pierde la suficiente cantidad de peso como para convertirse en minoritaria o perdedora?

La respuesta a esta pregunta es que nuestras ideas están fundamentadas en la absoluta nada. El ritmo al que se conforma hoy en día la opinión pública es tan rápido que se convierte en inmediato (solo tenemos que ver algunos cambios y errores demoscópicos en los últimos procesos electorales en España). La inmediatez convive con la accesibilidad a la información. Es decir, cualquier información en cuestión de segundos está en todas partes.

Ese proceso tan rápido de emisión e impacto de la información hace que apenas quede tiempo para el análisis y la reflexión. Así, la información se simplifica hasta el extremo. Somos grandes productores y devoradores de información, pero no la digerimos. La información que consideramos exitosa es la viral, la que provoca reacciones, likes, retuits… Si eso no se produce en cuestión de horas, el mensaje ha fracasado y se convierte en menos valioso, menos demandado… De modo que es más difícil que la lentitud y sosiego del análisis y la reflexión construyan opinión pública fundamentada.

¿Cuál es la consecuencia? Que los mensajes son cada vez más simples, sencillos, vacíos y maniqueos. Se lanza el mensaje de “esto es lo bueno, esto es lo malo”. Y surgen miles de reacciones a favor de lo “bueno” y a favor de lo “malo”. Pero, ¿cuántas son las reacciones de análisis? Si uno espera a analizar, cuando intenta comunicar sus conclusiones, ya no sirve de nada, porque la sociedad está ocupada devorando una nueva información simple.

Esto nos ha llevado a volver a ser ciudadanos “menores de edad”. No nos interesan el pensamiento o la reflexión, simplemente la acción y reacción inmediatas. No queremos pensar, queremos actuar conforme a nuestros instintos más primarios. Y esto provoca que la opinión pública que emana en la sociedad de lo instantáneo se convierta en vacía, volátil, imprevisible e ineficaz de cara a construir mayorías estables.

Trump ha sido el más listo

Visto desde otro punto de vista, la opinión pública -que es una de las bases de la democracia, pues esa opinión se transforma en votos y en agenda política- ha perdido su poder de cohesión social. Y ante este cambio, se dan dos reacciones: la inocente y la inteligente. La reacción inocente es la de insultar a Trump, o a millones de votantes. La de dividir el mundo en buenos y malos, y lamentarse de que los malos hayan ganado no se sabe cómo.

Votantes demócratas llorando tras el resultado. Foto: http://dailyheadlines.net/

Foto: http://dailyheadlines.net/

En cambio, la reacción inteligente es la del populismo, que está sabiendo aprovecharse de una sociedad educada en responder de manera simple, visceral y nada analítica a los impulsos. Trump es el inteligente, pues ha detectado qué mensajes harían reaccionar a sus votantes aún con todos los medios en contra.

Decía al principio del artículo que tengo la sensación de que opinar está devaluado. Es como entrar en un pub un viernes por la noche y explicar… yo qué sé, por qué no me gusta el keynesianismo. ¿Podría hacerlo? Sin problema. ¿Qué impacto tendría? Ninguno. Hay mucha gente gritando.

Me daba miedo que ganara un personaje como Trump. Pero ahora me da más miedo una sociedad que ha perdido la capacidad de reflexionar.

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