The final countdown

  • Al ser una mujer, todos sus movimientos se examinan con lupa.
  • La segunda Guerra Fría que estamos reviviendo en la actualidad.
  • Que a los americanos no les pique el mismo mosquito que a los británicos el pasado 23 de junio.

Ya se ha dado fin a la campaña electoral; la que ha sido, sin duda, la más enfangada –ésta sí- de las carreras hacia la Casa Blanca de todos los tiempos. Hace escasas horas que se han abierto las urnas en la costa este para votar por el 45 presidente de los Estados Unidos, los altibajos en los índices de popularidad sufridos por ambos candidatos, a causa de sus trapos sucios, harán que no se decida el ganador hasta cruzar la línea de meta; foto finish incluida.

Los escasos tres puntos que aventajan a la pretérita primera dama de Estados Unidos sobre el hombre con quien Bill jugaba antaño al golf, no permiten recostarse en el sofá, y mucho menos después de que el profesor Allan Lichtman, de la American University (Washington), se reafirmara en su apuesta por el multimillonario tras 30 años de predicciones infalibles en el resultado de las elecciones.

El voto se ha polarizado formando dos conglomerados bien diferenciados: a un lado del ring, mujeres, liberales de izquierdas, y ciudadanos con formación superior; al otro lado.  hombres, ciudadanos blancos, de derechas y de clase trabajadora. A pesar del perfil más conservador de los hispanos por proceder de culturas religiosas, la retórica racista e anti-inmigrante trumpiana ha logrado movilizar a los latinos en el bando demócrata, la gigante minoría de 27.3 millones de personas en el país y casi un tercio de los habitantes de Florida. Pero a Clinton le cuesta convencer a la comunidad afroamericana, especialmente en Carolina del Norte. Estos dos swing states, con 29 y 15 colegios electorales respectivamente, serán críticos para lograr los 270 que se necesitan para ganar las presidenciales.

No podemos evitar preguntarnos, ¿qué está ocurriendo en la sociedad americana para que una mujer con una meteórica carrera profesional como abogada, senadora y secretaria de Estado pueda sufrir una potencial derrota frente a un ególatra misógino como es Trump, que explota a sus trabajadores y cuyo imperio ha quebrado hasta en cuatro ocasiones?

Obviando el hecho de que Trump es la encarnación del patriotismo yanqui supremacista más pestilente y sin embargo, populistamente efectivo, hemos de fijarnos en lo que el resto de la población identifica como los puntos débiles de Clinton.

Al ser una mujer, todos sus movimientos se examinan con lupa. Su mayor quebradero de cabeza: el goteo constante de e-mails en Wikileaks ha destapado desde su irresponsabilidad a la hora de usar un correo personal hasta las argucias de la campaña demócrata, aunque ha sido absuelta de toda culpa en dos ocasiones. La última se produce apenas unos días después de que el director del FBI, James Comey, decidiera notificar al Senado la reapertura de la investigación, a pesar de estar expresamente prohibida la interferencia política dentro de los 60 días previos a las elecciones. Pero a dos días de la votación: el daño ya está hecho y la desconfianza se ha vuelto a posar sobre los indecisos haciéndole perder cinco puntos de ventaja. Un escrutinio al que no está sometido su oponente, cuya investigación sobre sus conexiones con las élites rusas han quedado relegadas a un segundo plano.

En segundo lugar, su evolución ideológica provoca escepticismo, ya que durante su carrera profesional ha sido considerada una moderada corporativista y su discurso más progresista no salió a la luz hasta que tuvo que enfrentarse a Bernie Sanders en las primarias. Si al ‘dónde dije digo, digo Diego’ le añadimos sus conferencias por la friolera de 225.000 dólares a puerta cerrada en Wall Street, que ponen en duda su determinación de imponer las reformas necesarias en el sector bancario, la polémica está servida.

En cuanto a política exterior, sus decisiones le han granjeado el sobrenombre de “Halcón Demócrata” al apoyar acciones tan cuestionables como la invasión de Iraq o la injerencia en Libia para quitar a Ghaddafi del poder. El intervencionismo idealista del que es partidaria Hillary se encuentra en sus horas más bajas, mientras que Trump (no sabemos si con asesoramiento o fruto de una idea feliz) ha sabido reconocer el hastío de los americanos de participar en asuntos que no les afectan directamente y ha optado por un perfil más aislacionista en sus obligaciones como primera potencia, alejándose de los aliados tradicionales europeos -‘que cada uno se busque sus habichuelas ‘, vaya-, abogando por un acercamiento a Rusia, frente a la segunda Guerra Fría que estamos reviviendo en la actualidad.

Y por último, y quizá más importante: el carisma. Y es que ninguno de los dos es precisamente popular, pero Trump tiene una convicción en sus mítines que se echa en falta en Clinton. Su ensayada naturalidad queda a años luz de la locuacidad de su marido y de Obama, y esto hace que no obtenga la simpatía de muchos de los votantes.

A pesar de todo, nos mantenemos optimistas. El hecho de que Hilary pueda ser la primera mujer en ocupar el escritorio del despacho oval, debería reconocerse como todo un éxito, ya que no hay ninguna persona tan cualificada para el puesto como ella. No obstante debería ceñirse a la senda trazada por Obama en asuntos internacionales: menos intrusiva y empleando el soft power; en lugar de implantar la doctrina Truman a diestro y siniestro. Y dado que pretender una espontaneidad que no tiene le hace un flaco favor, debería explotar su reflexividad como producto estrella, ya que en decisiones de urgencia no hay margen para la improvisación.

Dicho esto, sólo nos queda esperar a que a los americanos no les pique el mismo mosquito que a los británicos el pasado 23 de junio; porque si lo hace, en el resto del mundo no tardaremos mucho en sufrir los efectos de la pandemia.

 


María del Pino: Estudiante de Derecho y Relaciones Internacionales con el síndrome del viajero eterno (véase Hiraeth). Adicta a los idiomas y a las buenas conversaciones sobre política en cualquier bar. ¿Para qué tener sentido común pudiendo tener sentido propio?

 

Foto: Shemsu.Hor

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