Títulos para todos

El otro día, la mayoría del congreso (PSOE, Podemos + nacionalistas de diferentes colores) voto “si” a la paralización de la LOMCE y de una de sus partes más polémicas, las reválidas. Éstas son unas pruebas al estilo selectividad, que deberían realizarse al finalizar los diferentes ciclos formativos: en primaria como algo orientativo y en secundaria y Bachillerato como condición sine qua non para obtener los títulos de secundaria y bachillerato, respectivamente.

Bien, partamos de la base de que la LOMCE no es un potosí de ley educativa, ni mucho menos. Mientras que la educación en España no se aborde como concepto global, cuestionando sus bases, adaptando el modelo a lo que la sociedad actual y futura requerirán… mientras no pase nada de eso y las reformas educativas sólo sean armas arrojadizas entre partidos, nada va a cambiar, y nuestros alumnos seguirán cayendo año a año en el pozo del fracaso escolar.

Respecto a esa base creo que se podría poner de acuerdo la gran mayoría de nuestros políticos, así como un buen porcentaje de sus representados. Pero hoy quisiera analizar en concreto la medida que más revuelo ha causado y contra la que más férreamente se han posicionado, sobre todo, los partidos de izquierdas: las reválidas.

Que la medida tenga o no éxito sólo se podría analizar si se llevase a cabo (cosa que, o vamos a terceras elecciones y el PP gana por mayoría absoluta, o no tiene pinta de que vaya a poder ocurrir). Sin embargo, esa obstinada posición en su contra saca a relucir uno de los mayores problemas que, por desgracia, asolan nuestro país: la mediocridad.

Se han escuchado argumentos en contra de las reválidas del calado de “después de estudiar dos años, si no apruebas te vas sin el título, no es justo”. Porque claro, si no apruebas, por ejemplo, un par de asignaturas en bachillerato, tampoco lo tienes, pero todos hemos conocido casos de cómo se “levantan” notas de determinadas asignaturas sólo porque el alumno (o alumna, no vayamos a ofender) tenga su título, algo mucho más complicado con un examen concreto y objetivo.

Porque lo importante es eso, el título. El papelito. ¿Qué más da si una persona de 16 o 18 años acaba su formación básica sin saber resolver una derivada, sin saber quién escribió “El monte de las ánimas” o quienes componían la generación del 27? ¿Qué más da si no conocen qué ocurrió en España un 2 de Mayo de 1808, o si la navaja de Ockham es un principio aplicable en todas las situaciones o no? Da igual, estarán titulados. Tendrán su papelito y saldrán con él orgullosos al mundo, aunque se lo hayan regalado.

El demérito histriónico a la cultura que nuestras generaciones toman por bandera se ve acrecentado cada vez que, en post de una mal llamada “igualdad” se desprecia sin pudor el mérito y el esfuerzo, se equipara en mínimos, y no en oportunidades de máximos, y de ninguna manera se incentiva el destacar en nada, sino que, al contrario, se detesta a aquellos que lo hacen. Como bien decía Jorge Bustos: “Me repelen esas elites económicas zafias de nuevos ricos que infestan las urbanizaciones pijas del extrarradio. Mi elitismo es exclusivamente intelectual. De las personas no debe interesarnos nada más que su cultura y su inteligencia. Hoy ya se puede ser pobre y culto, y ese tipo para mí es la élite”, y con eso es con lo que, por culpa de unos complejos inherentes en el individuo español, están intentando acabar.

Las reválidas propuestas en la LOMCE no tienen por qué ser buenas, pero la oposición tan áspera a ellas se basa en fomentar una generación sin exigencias, unos jóvenes a los que no se estrese, tranquilos en sus quehaceres, que pase lo que pase (no nos vayan a acusar de discriminar), y se esfuercen más o menos, tengan su papelito para decir al mundo que son válidos, aunque luego el mundo, que tonto no es, se dé cuenta de que esos papelitos muchas veces tienen la misma validez que los sellos de Forum Filatélico.


Foto de Steve Buissinne

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