Un cutis estupendo

Para no faltar a la verdad, siempre he tenido muy poco fondo en lo que se refiere a resistencia visual frente a lo anómalo: las películas gore me quitan el hambre y me dan sueños raros. Cuando empecé a ver la ópera prima de Eduardo Casanova aún tenía los nachos de la merienda rondándome el estómago, y lo cierto es que hubiera preferido haber dado un paseíto de media hora antes de ver la peli. Pero es lo que hay, hay gente que ha nacido para sufrir.

Esa es la frase que lo inaugura todo: un paseo por lo atroz. Escena a escena, el camino se transforma en un producto antiestético que juega con el agotamiento visual del rosa pastel al violeta de ídem. Pieles es una manufactura visual que, para ser sincera, de armoniosa tiene solamente el fondo. Algo así como una conclusión final bailando con la fatiga de resonancias kawaii y lo más castizo de la España profunda en un marco de efectos fantásticamente incómodos.

Es conocido en los bares y los barrios que, de alguna forma, deformes somos todos. Unos tienen una pierna o un brazo más largo que el otro, o los ojos asimétricos, o la nariz extraña –ni demasiado grande, ni demasiado chata; extraña-. La proporción y el equilibrio, si son algo, son carencias. La armonía es algo de lo que adolecemos, pero no sólo por fuera, sino también por dentro. No hay más en la tesis de la crítica brutal de Casanova sobre la doble moral compasiva a la española. Moral que aquí se ve desafiada por un bofetón de sordidez, donde el rechazo a lo deforme se entremezcla con las parafilias. Todos nos vemos condicionados y sometidos por aquellos detalles de nosotros que no hemos elegido, y que dirigen nuestra vida más de lo que nos atrevemos a reconocer frente al espejo. Y, en un alarde de hipocresía, procuramos esconder esas características que harían de nosotros parias desarraigados, y las criticamos en otros. Amor pura raza.

Lo que hace a Pieles digna de ser vista es su verdadero protagonista, el rechazo multidireccional que inunda todas las facetas de la vida y que altera los roles de los personajes que interpretamos, muy a la manera de Goffman. La sociedad es representada a través de sus más evidentes taras y no hay un solo figurante, por superfluo que resulte, que no sea susceptible de engrosar la lista de los discriminados. Todos son fetiches de sí mismos o de otros, condenados en sus finales a seguir anclados a la deformidad de su persona, sea o no visible.

Pieles presenta con irritación y disgusto en forma de exageración algo tan sencillo como la vida misma. Un salto entre sufrimientos de esos que se merecen, o no tanto, una oda a la miseria humana. Es un brochazo de los tonos último modelo de los subrayadores más de moda en Pinterest que te mueve la mitad superior de tu tracto digestivo. La experiencia lleva apenas hora y cuarto, bastante para ir generando de forma paulatina un nudo en el estómago y un constante salivar, por si las náuseas.

Bueno, o quizá fueron los nachos.


Noemí Carro: Graduada en filosofía, groupie de la teoría política y franca hasta niveles patológicos. Entre León y Asturias, y donde el viento me lleve.

Foto: DammitKarissa

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