Víctima y verdugo

  • Las opiniones son a la vez víctima y verdugo, aniquilan y son aniquiladas

  • Herramientas que permiten que el alcance de sus opiniones, ideas, juicios y valoraciones, cruce la puerta del bar

  • Por mucho empeño e insistencia que se quiera apostar, descrédito e ironía nunca fueron sinónimos

Un profesor de aquellos a los que la memoria concede el placer de recordar, posiblemente gracias a su praxis docente y no a mi capacidad memorialesca, afirmaba que la opinión es algo tan valioso que él no era capaz de evaluarla. Con esta sencilla frase, el bueno del profe venía a decirnos que en los exámenes nos guardásemos las divagaciones para nosotros, y nos centráramos en argumentar con datos concretos e información precisa. Y claro, cuando uno no ha estudiado demasiado pero posee la fantástica habilidad de contar sin decir nada, la animadversión para con la opinión del profesor suponía una grandísima put.. Faena.

A medida que el tiempo fue dejando atrás esas clases y mis opiniones crecieron conmigo, transformándose, defendiéndose y enfrentándose, me di cuenta de que no era desprecio lo que sentía aquel profesor, sino consideración y respeto. Y es que la opinión entraña el intangible más abstracto e intratable de todos los que conocemos. Las opiniones son a la vez víctima y verdugo, aniquilan y son aniquiladas. Tanto es así que la libertad en su expresión y difusión constituye un derecho fundamental reconocido y protegido por el artículo 20 de nuestra Carta Magna. El premio a cuatro décadas de palabras coartadas. No obstante, incluso entonces opinábamos aunque fuese mentira, aunque fuese por miedo. Impuesta o propia continuaba sonando a opinión.

Valoramos y enjuiciamos de forma constante. Acción intrínseca al ser humano que piensa pero no siempre razona. Y que además hoy posee una serie de herramientas que permiten que el alcance de sus opiniones, ideas, juicios y valoraciones, cruce la puerta del bar. Ese mensaje lanzado se convierte de pronto en un elemento cuantificable al poder medir su difusión a través de un número X de impresiones, visitas, Me Gustas, Favs, reproducciones y recomendaciones. Cuanto más, mejor. Como si la calidad exclusivamente quedase determinada por la cantidad. Llévese el caballo más grande que ande o no, es secundario.

La semana pasada, el periodista Iñako Díaz-Guerra hablaba sobre la violencia en el fútbol a raíz de la batalla campal que se produjo entre varios padres en un partido de infantiles en Mallorca. Escribía Iñako en El Mundo (leer columna aquí), “No hemos llegado a ningún sitio, llevamos aquí siglos, sólo que hoy por cada padre impresentable hay un móvil para grabarlo y un canal para difundirlo”. Pues bien lo mismo ocurre con las opiniones en cualquier red social donde se confunde muy a menudo libertad de expresión con falta de respeto. Una vez más, el escudo de conveniencia al que recurrimos cuando se nos antoja. Y ese límite, que en un bar lo pone un sillazo en la boca, en Twitter son sólo palabras. ¿Dónde termina la libertad y empieza el asedio? Por mucho empeño e insistencia que se quiera apostar, descrédito e ironía nunca fueron sinónimos. ¿Por qué tendrían que serlo ahora? Ocurre que tanto el sarcasmo como el humor conforman armas que únicamente unos pocos afortunados tienen la capacidad de manejar. Y es que aporrear una guitarra, no te convierte en músico.

La sociedad no ha madurado, no. Evolucionado, quizá. ¿Progresado? Corramos un (es)túpido velo. La diferencia radica en que ahora poseemos una serie de plataformas que permiten propagar a gran escala todas esas opiniones que siempre habíamos vertido, plasmándolas por escrito, convirtiéndolas en eternas. El ser humano busca desesperadamente ser recordado, y en este mundo digital, todo permanece.

¿Sabéis? Saqué un 9 en aquella asignatura. No sé si el bueno de mi profe seguiría dándome el sobresaliente hoy día.

Foto: savan sekhon

1 Comment

  • Eli Bueno dice:

    Si aquel profesor leyera tu artículo, seguro ratificaría que aquella nota fue más que merecida. El texto tiene profundidad, una muy buena pluma y convence a quien lo lee cambiando la idea que tenía el lector antes de comenzar su lectura, creo que has conseguido hacer pensar a quien ha leído el artículo y ¿no es éste el propósito del buen periodista?
    Enhorabuena

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