Visegrado, entre Rusia y la UE

22 de septiembre de 2015. Reunión de la CE para cerrar la negociación sobre el reparto destino de los refugiados que llegan a Italia y Grecia. Tras un intento de aprobarla por unanimidad (que ingenuos), finalmente se hace por mayoría simple, con 4 votos en contra y una abstención. La abstención la protagoniza Finlandia, mientras que los votos en contra (de manera previsible), los efectuaron Hungría, República Checa, Eslovaquia y Rumanía. Estos cuatro últimos, con el intercambio de Rumanía por Polonia forman el llamado Grupo Visegrad. Este V4 se forma en 1991 con el objetivo de cooperar en diferentes ámbitos para alcanzar los objetivos que les marcaba la UE para su adhesión, además de colaborar en materia de seguridad y defensa. Es necesario enfatizar por tanto, que la colaboración era ya constante y rutinaria 13 años antes de su entrada en la UE y también ahora (aquí podéis comprobar el calendario, con cerca de 30 reuniones solo en 2015).

El creciente miedo a la recuperación rusa, escenificado con la anexión de Crimea, les tiene en alerta. Rusia comienza a despertar del largo periodo de hibernación en el que se ha mantenido. “Ahora” necesita reforzar su presencia en su esfera de influencia. Esfera formada, como no podía ser de otra manera, por aquellos países que hace décadas pertenecieron al Pacto de Varsovia y/o a la URSS. Unos países que, en su mayoría, se han ido acercando progresivamente a la UE y la OTAN, gracias al soft power del primero, y la protección militar de EEUU con el segundo. El (re)fortalecimiento de Rusia en el panorama internacional, a pesar de la crisis económica y de los altibajos que se están produciendo en el sector energético (aproximadamente un 25% del PIB ruso depende de este sector), se suma a la debilidad de la acción exterior de la Unión Europea, constatada durante la crisis ucraniana. Mientras Rusia (siempre presuntamente) campaba a sus anchas por Ucrania, la UE se limitaba a unas tímidas sanciones económicas. Por su parte, Alemania atendiendo a su interés particular, continuaba con la construcción del gaseoducto Nord Stream que conecta directamente el gas ruso sin pasar por terceros países. De esta manera se permite a Rusia cortar (o simplemente amenazar con ello, 3 veces desde 2006) los gaseoductos ucranianos perjudicando a Europa Oriental sin problemas para la industria alemana. Este chantaje energético, es una de las armas que tiene Rusia y que contextualiza la existencia del Grupo Visegrad. Es cierto que la dependencia respecto a Rusia ha bajado en los últimos años, aun así, el 30% de los recursos energéticos que llegan a la UE provienen de Rusia (en algunos países supera el 75%), a su vez, Rusia depende del mercado europeo para darles salida. Teniendo en cuenta que se trata de una interdependencia, aunque asimétrica, ¿no es capaz la UE de ejercer una mayor presión sobre Rusia para afianzar la confianza de sus socios del este?

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A esta falta de visión (bien por miedo, bien por incapacidad de llevar a cabo las acciones), ya característica de la política europea se suman otras variables que afectan o explican directamente la existencia del V4. Por un lado, el uso del norte de África (Libia) y de Oriente Medio (Siria, Irak, etc) como un nuevo escenario de Guerra Fría 2.0, que despierta viejos fantasmas. Por otro el progresivo cambio de foco de la política exterior estadounidense (y con ello, la de todos), de Oriente Medio hacia el Pacífico (como muestra, el nuevo tratado TTP). Estas variables de las que hablo están dejando desatendidos militar y políticamente a los países del este, a los que están ya en la UE o en la OTAN y a los que pretendían estarlo. Como comento, desatención por el cambio en las prioridades de la política exterior estadounidense y porque en la UE predomina cada vez más el euroescepticismo y lo nacional sobre lo supranacional.

Teniendo en cuenta estas variables que definen la situación actual en el seno de la Unión Europea, la postura euroescéptica de estos países es entendible. Entraron a la UE y a la OTAN buscando formar parte de un organismo que les garatizase una defensa, tanto política como militar, de sus intereses frente a terceros países. A la hora de la verdad, consideran que sus intereses no están bien representados en los organismos de la Unión y que están un peldaño por debajo de sus socios europeos en cuanto a participación en la toma de decisiones. Decisiones que además, en el caso de los refugiados, consideran que atentan directamente contra sus identidades culturales (identidad muy católica en el caso de Polonia por ejemplo). Este sentimiento de orfandad es generalizada en Europa Oriental y particularmente en estos cuatro países, y se ve reflejada en la participación en las elecciones al Parlamento Europeo. Con esta opinión pública, los partidos adaptan su mensaje y el resultado ya lo conocemos, Viktor Orban en Hungría, o la victoria de los ultraconservadores y euroescépticos en Polonia en detrimento de los liberales.

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La Unión Europea se enfrenta a una situación muy turbulenta en varios frentes. El referéndum del Reino Unido; la situación económica de los países del sur y los cambios políticos que se vienen sucediendo durante todo 2015 en Grecia, Portugal o España; la evidencia de una falta de representatividad real de la ciudadanía en general y de algunos países miembro en particular en las instituciones; y, por último, la crisis migratoria que afecta directa o indirectamente a los países de Europa del Este. Estos son ejemplos actuales sobre los que la Unión Europea tiene que posicionarse definitivamente. Las elecciones que se avecinan en varios estados clave de la Unión, entre ellos España, marcarán el rumbo de las decisiones en estas materias. Marcarán si se va a más o a menos Europa. Pero sobre todo serán clave para devolver al V4 el sentido por el que surgió, un foro proeuropeo que favoreciese una mayor colaboración e integración regional.

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